Fusilerías

Ninón Sevilla

La aventurera de Ninón Sevilla (1929-2015) es acaso la primera femme fatale de corte francés que irrumpe en el escenario mexicano. Alta, rubia, de larguísimas y fantásticas piernas, de ágiles movimientos a ritmo de rumba y una hiperactiva cintura, semidesnuda con plumaje que acompañaba su esbeltez, el personaje de la cubana funda un estereotipo en el cine nacional.

La mujer ingenua, de nobles sentimientos, con mala suerte, involucrada en más problemas por culpa del amor, no es tema nuevo para cuando la actriz recién fallecida protagoniza Aventurera (Alberto Gout 1949), pero ella hace la diferencia en este drama en el que también figuran Andrea Palma, Tito Junco y Rubén Rojo, fotografiados todos por Alex Phillips.

Porque Elena Tejero es la joven Manon Lescaut de la novela homónima de Abbé Prévost; es la inocente enamorada Marguerite Gautier de La dama de las camelias, de Alexandre Dumas hijo; es la explotada Nana de Émile Zola, si bien ésta ya tiene entonces su versión mexicana con Santa, novelada por Federico Gamboa; el de Ninón es una combinación de estos personajes adaptado a los cabarets mexicanos de la época.

En una etapa del cine en el que la batalla de la belleza no estaba en el desnudo o en el semidesnudo, Ninón rompe los moldes y se instala como el símbolo sexual de la pantalla, comparada incluso, de forma injusta para ambas, con Marlene Dietrich, la actriz alemana protagonista de La Venus rubia y El ángel azul, cuyo porte desarmaba al juez más exigente, pero no tenía piernas para hacerle sombra a la cubana, a quien acaso podía competirle la mexicana Lilia Prado (Subida al cielo, Luis Buñuel, 1952) en la materia.

El personaje de la aventurera ha sobrevivido en la capital más allá de la obra que han protagonizado en los 15 años recientes Edith González, Ninel Conde, Maribel Guardia, Sabine Moussier, Itatí Cantoral y Niurka Marcos, entre otras. Todavía en los años 90 había centros nocturnos que montaban espectáculos de ese tipo, con una bailarina principal, semidesnuda y generosa en plumas, un pianista en el costado, ya entonces detonadores de la célebre frase: “¡Quiero mesa de pista!”.

Los parroquianos llegaban de traje y corbata obligatorios, en algunos casos con gabardina para dar más el tipo de Tito Junco o los hermanos Soler, quizá de Arturo de Córdova (quien no trabajó con Ninón, pero sí en tramas parecidas), y pedía la mesa de pista. La bailarina le regalaba prácticamente su número al cliente preferente, quien, a su vez, la invitaba a sentarse a su mesa y ambos bebían champán que la casa servía diligente.

Ese momento único en el que el visitante se sentía galán de los años 50 brindando con la imponente Ninón Sevilla solía terminar en altercados con los meseros y, peor aún, con el personal de vigilancia, porque el champán no era champán, la cuenta sí era de champán exclusiva, la falsa aventurera huía a los camerinos y se esfumaba en ropas de civil, mientras todo acababa en la acera del centro nocturno con todo saldado en medio de improperios, justo al lado de los trasnochados carritos de hot dogs del entorno de la Zona Rosa y la Condesa.

Con la muerte de Ninón Sevilla, seudónimo de Emelia Pérez Castellanos, se cierra uno de los últimos episodios de la llamada Época de Oro del cine mexicano. Se va en las primeras horas de 2015, pero en realidad es un personaje del siglo XX, más allá de su intrascendente participación en las telenovelas, con las que jamás se acercó al éxito que obtuvo en la industria fílmica y que le representó un Ariel y una Diosa de Plata.

 

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