Fusilerías

¿Mentes perturbadas?

Martin Amis hace decir al personaje principal de Night Train (Vintage Books, 2007): “Cuando eres policía, ‘peor’ es un concepto elástico (...) ‘¿Peor?’, preguntamos. Aquí nada es peor”. La agente que habla por la pluma del novelista británico apunta que todas las divisiones que persiguen el delito tienen su adrenalina, sus seguidores, su dinero en efectivo, pero los detectives tienen claro que Homicidios “es el papá, Homicidios es el Show”.

¿Cómo puede el Ejército mexicano, sacado de sus labores de protección a la ciudadanía en desastres naturales o epidemias, de su tradicional papel de salvaguardar el territorio nacional, dar una dimensión a estos factores puramente policiacos y válidos para Londres, Nueva York o la Ciudad de México, una vez que ha sido puesto en la primera línea de fuego frente al crimen organizado?

En los años 90 se solía repetir una vieja frase relativa a que sacar al Ejército a las calles es lo más fácil. El problema es devolverlo a los cuarteles. Por supuesto, el contexto entonces era político y no más. Quizá entonces no se haya pensado en que la espiral delincuencial hiciera necesario echar mano de las fuerzas armadas. Y vaya que la inseguridad para todos estaba en auge. Para todos. Pegó a un cardenal, a un candidato presidencial, a un banquero, a un empresario y al ciudadano de a pie víctima de secuestro, robo de auto, asalto a mano armada.

En el nuevo milenio hay que recordar cómo la ola violenta sacudió al país y, sobre todo, a la capital, ya en la gestión de Andrés Manuel López Obrador. Pero no fue sino hasta la llegada de Felipe Calderón a Los Pinos que se acudió al Ejército y la Marina para hacer frente a la matanza entre bandas del narcotráfico que disputan hasta ahora el botín que representa la venta de drogas y todo lo que la rodea: secuestro, extorsión, cobro de derecho de piso y tráfico de migrantes.

Soldados y marinos dieron golpes espectaculares en el sexenio anterior. Se vieron envueltos, también, en episodios lamentables, como el tiroteo afuera del Tecnológico de Monterrey, donde murieron dos muchachos abatidos por el cruce de fuego, y el caso de Sinaloa, por el que ya fueron procesados varios militares que dispararon y asesinaron, se entiende que por error, a civiles.

Por supuesto, la preparación de los militares poco tiene que ver con el combate al crimen. Sí, hay cuerpos de élite, entrenados específicamente para tales tareas, y un ejemplo son los treinta y tantos que sucumbieron a las ofertas de Osiel Cárdenas Guillén, devenidos miembros de su cártel y después banda independiente: Los Zetas. Hoy el capo purga condena en Estados Unidos y su grupo criminal está escindido.

Estos días el titular de la Secretaría de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos, ha estado activo con los festejos por el centenario del Ejército, asistiendo un día y otro también a Congresos estatales que le rinden tributo al instituto armado. Ayer, en Hidalgo, el general ratificó su llamado a la sociedad, al gobierno y a sus subalternos a hacer un frente común contra las “pretensiones nefastas” y recordó que las fuerzas armadas se adecuan constantemente a las necesidades que la patria exige”. Cabe resaltar que llamó a los criminales “mentes perturbadas”.

¿Mentes perturbadas? Ahí está el problema. El Ejército sigue viendo como sus principales blancos a los sicarios, a los matones, a los pozoleros. Esta semana el colega Juan Pablo Becerra-Acosta documentó cómo opera esa empresota llamada Los caballeros templarios, cuáles son sus negocios, cuáles sus ganancias, cuáles sus reductos. Varios estudios han enfatizado sobre los organigramas de los cárteles, con una dirección horizontal que los coloca más cerca de una trasnacional que de una simple banda o pandilla.

Los excesos de los ejecutores irán al alza mientras el combate se centre en ellos y no en sus jefes, mentes siniestras seguro, pero con el dinero, el poder y los contactos suficientes para trabajar desde la oscuridad. El orden, la disciplina y la expansión de sus negocios están más allá de una perturbación. Hay una organización, un esquema de trabajo, de reparto de tareas y de movimiento de efectivo. Si se sigue pensando en los asesinos materiales, en las “mentes perturbadas”, los soldados acabarán pensando, como el personaje de Martin Amis, en que aquí la división Homicidios es el Show.

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