Fusilerías

Lectura electrónica

En las fechas en que una enfermedad terminal tenía en cama a Hugo Chávez, el fusilero echó a andar un experimento para comprobar la teoría de que algunos lectores de la versión electrónica de esta columna y otras, algunos, se tomaban la molestia de comentar los textos en redes sociales y en el espacio abierto al visitante de la página web de MILENIO a partir de leer solo el título o el primer párrafo.

En aquella ocasión, Fusilerías incluía a lo largo del texto las palabras “dictadura”, “cáncer”, “traición”, “momia”, “mausoleo”, “comunista” y otras, todas tomadas de una extensa biografía sobre el líder chino Mao, detalle ofrecido al lector en el remate de la columna, en el que se reseñaba y recomendaba la obra.

El espacio para comentarios de la versión electrónica de Fusilerías, además de los saludos y los vituperios tradicionales que el autor agradece siempre por igual, se vio visitado por una cauda de chavistas que, sin leer completa la columna, reclamaban en todos los tonos las tildes que imaginaron dedicadas a su héroe moribundo, por lo demás jamás mencionado en ese espacio. En Twitter, una cascada de venezolanos “agraviados” cuestionaba con igual furia los “injustos” señalamientos no solo contra su líder, sino contra su nación.

El fusilero se dio el tiempo de responder a la mayoría, vía tuits, con la petición de que leyeran completo el texto, con la sorpresa de que salvo un par de amables lectores, el resto redobló los improperios defendiendo la cuasi santidad de su héroe. Más aún. Un querido colega, espléndido fotógrafo y militante del chavismo a la distancia, contraargumentó en un intercambio en el que no acababa de entender, o no quería, que erraba sus cuestionamientos, y fue incapaz de reconocer de forma alguna su resbalón.

Esta teoría de que algunos (¿muchos?) lectores de páginas electrónicas solo registran el título o el primer párrafo para elogiar o condenar un texto, comprobada de forma paulatina con las entregas cotidianas de quienes escriben en todos los medios, tuvo un singular episodio la semana pasada, cuando Fusilerías llevó el título “La Virgen en una mancha de humedad”, texto que daba cuenta de un estudio científico que aclara por qué la gente ve ídolos, deidades o formas en un pan tostado, una nube o un delicioso algodón de azúcar de Chapultepec.

La gente ve, resumen los expertos, lo que quiere ver. Pero al parecer también deducen de la lectura de un título o un primer párrafo lo que quieren leer. Porque algunos de los apreciables lectores, a quienes se agradece siempre su tiempo y dedicación a comentar, fueron puntuales en que “la Virgen no existe”, dando por hecho que la entrega de Fusilerías no era más que una afirmación de que la deidad se había aparecido en una mancha de humedad.

Si los hábitos de lectura en México han cambiado a partir del acelerado crecimiento del internet y las redes sociales, puede ser un tema no sujeto a debate, pues se entiende con lógica matemática que a más oferta hay más consumidores. Si antes la única posibilidad era el libro impreso, es obvio que el mar de información electrónica abre el horizonte a todo usuario de una computadora o un teléfono inteligente, que abundan. Pero hay que considerar la calidad de esa lectura. Y la calidad, por supuesto, de los textos a leer.

Hoy la colección de obras completas de Shakespeare cabe en un dispositivo móvil. Pero también las de Coelho y de los múltiples autores que explotan eso que llaman la superación personal. Hay de todo, pues. Los extremos. Según la Encuesta Nacional de Lectura dada a conocer el 30 de abril pasado, hoy los mexicanos consumen tantos libros como en 2006: menos de tres al año. Es el fracaso de las campañas de promoción en la materia.

La lectura, completa o parcial, de columnas periodísticas, por supuesto, no es parámetro. Menos aún la de un servidor. Pero el experimento citado arriba da cuenta de que una parte de los consumidores de información se toma la molestia de comentar antes que de leer completo el texto que lo motiva. Acaso sea lo de menos que suceda con los artículos de los opinadores. Quizá haga bien el cibernauta o el tuitero en pasar de largo. Sin embargo, hay una predisposición que, en el caso de textos literarios, les privará de deleitarse con una obra de arte.

 

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