Fusilerías

Fotos de terroristas y “emergencia suprema”

La "emergencia suprema" es un concepto que Winston Churchill empleó en los días más aciagos de la Segunda Guerra Mundial, cuando la supervivencia colectiva y los valores británicos más arraigados estaban en peligro inminente, situación que obligaba a tomar decisiones, algunas que acaso nunca se desea que llegue su tiempo.

Hoy el terrorismo yihadista, como en la década anterior la cruzada de Osama bin Laden, ha obligado a los países objetivo a revivir la frase, pues se cumple el supuesto que Michael Walzer esboza en su libro Reflexiones sobre la guerra (Paidós 2004), relativo a que un número relativamente pequeño de víctimas mortales representa una gran cantidad de rehenes vivos y atemorizados.

"Éste es, pues, el mal característico del terrorismo: no solo el asesinato de personas inocentes, sino la irrupción del temor en la vida cotidiana, la violación de fines privados, la inseguridad de los espacios públicos, la interminable coerción de la precaución."

La "emergencia suprema" conlleva una serie de medidas que abren un debate sobre la moralidad. Entre esas decisiones hay algunas propias más bien de la guerra de propaganda que pueden revertirse contra el agredido, como la difusión de fotografías de los rostros de los suicidas, pues mientras la opinión pública exige información y transparencia, esos personajes pueden convertirse en héroes y mártires que alientan nuevos atentados en las comunidades que protegen a los grupos terroristas.

Francia, una de las naciones más golpeadas a partir de 2015 por el Estado Islámico, ha enfrentado esta guerra de propaganda desde el primer momento con medidas como llamar Daesh a la banda criminal, por el acrónimo de Isis en árabe, con el fin de restarle el carácter de Estado y ligarlo a una palabra que puede significar "algo que aplastar". Hoy, empero, el debate está en la presentación de nombres y fotografías.

El caso en cuestión es el de Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el franco-tunecino que arrolló a una multitud que conmemoraba en Niza el aniversario de la toma de la Bastilla, día nacional francés, el pasado 14 de julio. El antropólogo Abdu Gnaba reflexiona en la página electrónica de Libération que para la estrategia generadora de héroes del Estado Islámico, la evocación gráfica de un autor de atentados en las portadas de diarios y pantallas representa hacerle el juego a la banda, mientras que el especialista en el islam Fethi Benslama propone a los medios un pacto de no difusión de esas imágenes.

En el otro extremo, el periodista David Thomson, autor de Français jihadistes (Arènes 2014), juzga que los terroristas no tienen necesidad de tal difusión, ya que poseen sus propios medios vía internet y cuentan con el apoyo de diarios y agencias que simpatizan con su causa, además de que publicar un nombre y una foto no cambia en nada el horror de los ataques.

Thomson argumenta que ya no estamos en la época en la que Al Qaeda debía enviar una cinta VHS de Bin Laden a la cadena de televisión Al Jazeera, por lo que los medios tradicionales no llevan ahora la mano y los círculos del terror funcionan de forma paralela. "El proceso de heroización ya se da en la yihadósfera y en ella figuran múltiples personajes que el gran público no conoce. Hacia dentro el efecto es positivo y afuera negativo, por eso no les importa el exterior. (...) Evitar la difusión de la identidad y la foto del terrorista no tiene incidencia alguna en la progresión de los ataques y sí puede generar teorías de la conspiración que de por sí ya circulan".

El debate llegó hasta la autoridad nacional de ayuda a víctimas, cuya titular, Juliette Méadel, anunció el jueves la creación de un grupo de trabajo sobre la cobertura de los medios a los atentados y sus resultados serán dados a conocer en septiembre. Lo que decidan será sin duda una de las medidas que el gobierno de François Hollande deberá tomar en este trance de "emergencia suprema".

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