Fusilerías

La Marsellesa y la Bastilla en la hora trágica

En esta hora trágica para Francia valga evocar la historia de un hombre de aquella nación, un joven capitán del cuerpo de fortificaciones, Rouget de Lisle, denominación nobiliaria que él se ha conferido. Es el 25 de abril de 1792, es decir, tres años después de la Toma de la Bastilla que detonó la Revolución francesa. El rey Luis XVI acaba de declarar la guerra a Austria y a Prusia.

En aquella volátil situación interna y externa, el burgomaestre de Estrasburgo, el barón Federico Dietrich, un aristócrata él sí, convierte en fiesta pública la declaración de guerra, pero sabe que pese a las proclamas propias del momento, falta algo. No bastan la banda, la marcha, los estandartes, la bandera, las espadas.

En la reunión en la que los oficiales arman la estrategia y se dan ánimos, Dietrich se dirige a un joven que meses antes había compuesto un sencillo himno para celebrar la proclamación de la Constitución. Es Rouget, a quien le propone escribir un poema destinado a las tropas que se dirigen al frente, una canción para el ejército del Rin.

En la soledad de su habitación, tocado por una claridad de sentidos insólita, un milagro de creación que jamás se repetirá en su larga vida, Rouget comienza a escribir: "Vamos, hijos de la patria, el día de la gloria ha llegado". Baja su violín del armario y ensaya. Sigue escribiendo y no para hasta que su obra está lista. A la mañana siguiente entrega a Dietrich una pieza que todos aprueban y pronto es reproducida y entregada a todas las tropas, nadie sabe quién es el autor y recibe título hasta que tiempo después las columnas de soldados que llegan de Marsella a París la entonan. La gente no tarda en bautizarla.

La primera gran victoria de La Marsellesa, dice el escritor austriaco Stefan Zweig, quien recupera esta historia en su libro El genio de una noche (Ediciones Ulises 2014), es la conquista de París. "Cual alud se divulga e irresistible es su marcha triunfal (...) Sobre todos los campos de batalla de Francia campea ahora, arrastrando a miles al entusiasmo y a la muerte, La Marsellesa, la victoria, la diosa alada del triunfo".

La fama y la estrella de este himno distan de la oscuridad de su creador, un capitán de ingeniería, absorto en sus proyectos de bastiones y barricadas. Rouget, un hombre que, por lo demás, ironía de la historia, no es un revolucionario, y abjura de la toma de las Tullerías de marselleses y pueblo de París para deponer al rey. Se va del ejército y todos aquellos compañeros para los que entonó por vez primera su obra, en Estrasburgo, son llevados a la guillotina en medio de los cánticos que él creó aquella noche de inusitada inspiración.

El genio de una noche vivió 40 años más. Recibe una pensión mínima y a su muerte nadie le rinde homenaje. Será hasta la Primera Guerra Mundial cuando La Marsellesa, entonces ya himno nacional que resuena en todos los frentes de Francia, motiva la orden de que el cadáver de Rouget sea depositado también en Los Inválidos, junto a Bonaparte.

El fusilero mentiría si atribuye la frase a alguien, ha olvidado dónde lo leyó, pero fue un cronista deportivo el que la escribió: "Cuando la selección de Francia entra a la cancha y se cantan los himnos, ya va ganando uno a cero".

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Apenas tres años antes de que ese rayo de genialidad tocara por una vez en la vida a Rouget, cuenta a su vez Georges Lefebvre en su libro La Revolución francesa y el Imperio (Breviarios FCE 2004), sobre París se cernía el miedo. No se trataba de ir en auxilio de la Asamblea. Lo que temían los parisienses era el asalto de las tropas que los rodeaban por todos lados y de los bandidos.

El pueblo buscaba por todas partes armas y municiones. Sabiendo que en la Bastilla había un arsenal, la multitud avanzó ahí el 14 de julio de 1789. El gobernador los dejó entrar hasta el foso, pero después vaciló y ordenó que se abriera fuego. Decenas de asaltantes fueron abatidos. "La decisión vino una vez más de los guardias franceses, que apuntaron los cañones contra la fortaleza. El mando perdió la sangre fría, hizo bajar el puente levadizo y el pueblo se precipitó para vengar la supuesta insidia".

El miércoles pasado, cuando Francia conmemoraba su fiesta nacional, entre fuegos artificiales, La Marsellesa y el recuerdo de la gesta de la Bastilla, un hombre de origen tunecino embistió con un camión lleno de armas y explosivos a la multitud en Niza, cuando las brasas de los incendios de Charlie Hebdo y el Bataclan aún arden.

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