Fusilerías

Kurt Cobain

Mickey Rourke, en su protagónico de El luchador (Darren Aronofsky, 2008), disfruta de unos tragos acompañado de Marisa Tomei (bailarina de table) en la barra de un bar cuya rocola despide con furia los acordes metaleros de “Round and Round”, la rolota del grupo angelino Ratt. Cantan y bailan, brindan, eufóricos, vuelta y vuelta, y el gladiador lanza una frase temeraria, que el fusilero no cree distorsionar si intenta citarla de memoria: “Estábamos muy bien con los ochenta, hasta que llegó el maricón de Kurt Cobain, se pegó un tiro y arruinó todo”.

El azorado espectador que asistió en los medios al suicidio del jefe del grunge, que no fundador, hace 20 años, pudo especular a sus anchas sobre las razones de esa muerte con el sello Hemingway. El fusilero recordó algún pasaje de La inconveniencia de haber nacido, de Cioran, en el que se declara en insurrección contra su ascendencia (rumano, preferiría ser caníbal) y admite que es una aberración querer ser alguien diferente, abrazar en teoría todas las condiciones, salvo la suya.

Pero un breve recuento de las circunstancias que rodearon el suicidio da más luz que el propio Cioran o alguna teoría existencialista. Kurt cargaba la responsabilidad de ser el líder de la banda más mediática de ese momento, comienzos de los noventa, Nirvana, representante mayor del ritmo, categoría o etiqueta predominante, el grunge; estaba casado con Courtney Love, lo cual ya debió ser deprimente per se, y tuvo varias sesiones de charla con el poeta beat Allen Ginsberg, que literalmente le puso la escopeta en la mano. Agregue el lector una pizca de la droga que el hombre se metía en no pocas cantidades y tiene listo el coctel que explotó en su cabeza.

La transición de los ochenta a los novena en materia de rock ya había sido de por sí traumática. La década termina prácticamente con “Rockin’ in the Free World” (1989), la gran canción de Neil Young, y arranca con la muerte de Freddie Mercury (1991). Nirvana y Metallica aparte, quizá “What’s Up”, la rola-himno de Four Non Blondes con Linda Perry al frente, encauza la nueva década, pero hasta 1994, justo el año de la muerte de Cobain. Antes, ya el fin de los setenta y su tránsito al nuevo decenio habían traído la tragedia de Lennon y nueve años atrás, la separación de los Beatles y la partida de Jim Morrison.

Por supuesto que no hay destinos marcados ni tragedias que cumplan con ciclos estrictos. También es una chanza eso del Club de los 27. Cobain compartía con El Rey Lagarto, por ejemplo, ser el líder de una banda y morir a la misma edad. Sin demérito del gran rock que compuso y ejecutó el de Seattle, su taciturno proceder dista sobremanera del protagonismo arriba y debajo de los escenarios del chamán. Un vistazo a las filas cotidianas frente a la tumba de Jim en París, los mensajes y los diezmos que sus siervos le depositan dan la dimensión de uno frente al otro. Rudeza innecesaria, pues, la comparación. Y si se suma la inclusión de Amy Winehouse solo porque se dio un pasón letal en sus 27 primaveras, pues eso de la membresía se vuelve puro recurso comercial.

Hoy Cobain recibe merecidos homenajes por los veinte años de su deceso. Su presentación en MTV en la modalidad Unplugged (1993, Nueva York) aportó uno de los mejores álbumes, cuya pieza final es “Where Did You Sleep Last Night”, cancioncilla folk del siglo XIX interpretada por múltiples figuras de la música en inglés de la centuria posterior y pista de alguna película country de los años cincuenta. En la versión Nirvana, la cabeza del esposo de la aludida es hallada en las ruedas ¿de un tren? y su cuerpo nunca fue hallado. Un año después, Kurt voló la suya.

Valga apuntar que Rourke y Aranofsky, sin duda, se excedieron con los diálogos del bar.

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