Fusilerías

Kundera: lógica e ironía

Pedro Abelardo (1079-1142), de quien se dice fue mutilado por sus relaciones amorosas con Eloísa, sobrina de un colega suyo y tutor de la muchacha, era un profesor de dialéctica nacido en Bretaña, cuyo racionalismo lo hacía decir: “La lógica me ha hecho odioso al mundo”, a diferencia de su colega Anselmo de Besata, de Lombardía, quien “a veces discutía solo por discutir”, como ha escrito Mauricio Beuchot en su Historia de la filosofía medieval (FCE).

Cientos de años después otro escritor, Milan Kundera, padece un conflicto similar al de Abelardo, aunque en el caso contemporáneo el factor no es la lógica, sino la ironía, que le ha ganado al narrador checo no pocas enemistades. El propio autor recuerda una anécdota a propósito de un diálogo de dos personajes de El libro de la risa y el olvido: Tamina, la heroína, se quiere ganar los favores de Bibi, por lo que le concreta una cita con Banaka, un escritor provinciano.

El autor explica a Bibi que los verdaderos escritores actuales han renunciado al arte de la novela con las siguientes consideraciones: “La novela es el fruto de una ilusión humana. La ilusión de poder comprender al otro. Pero ¿qué sabemos los unos de los otros? Todo lo que se puede presentar es un informe de uno mismo. El resto es mentira”. Y el amigo de Banaka, un profesor de filosofía, diserta: “Ya sabemos desde James Joyce que la gran aventura de nuestra vida es la falta de aventuras. La Odisea de Homero se interioriza”.

Tiempo después, relata Kundera en su ensayo Los testamentos traicionados (Les testaments trahis, 1993, Premio de la Sociedad de Compositores de EU al Mejor Libro sobre Música 1996), encontró en el epígrafe de una novela francesa las frases antes citadas. El solo hecho de que fuera citado avergonzó sobremanera al narrador checo, quien había puesto en voz de Banaka lo que él considera “sofisticaciones de un cretino, rollo setentero universitario con vestigios de estructuralismo y psicoanálisis”.

Cuando llegó a manos de Kundera la crítica checa a su texto, 20 años después de que fue prohibido, todos le dieron la bienvenida, y como prueba de la inteligencia del autor, citaban unas palabras que juzgaban brillantes. Sí, el panfleto de Banaka sobre Joyce, lo que le dejó a Milan un extraño placer de volver a su tierra a partir de un malentendido. El propio autor aclara que jamás quiso ridiculizar a su personaje, sino exhibir un discurso propio de una edad, porque de lo contrario habría incurrido en la sátira.

Por eso Kundera explica que la ironía en una novela debe dejar claro que ninguna afirmación puede tomarse aislada, ya que se encuentra en una compleja contradicción con otras situaciones, otros gestos, otras ideas, otros eventos. “Solo una lectura lenta, dos veces, repetida, hará resurgir todos los detalles irónicos sin los que una novela quedará incompleta”. Como vivió el propio autor con su obra La broma.

La tergiversación de Marx convertida en “El marxismo es el opio del pueblo”, dicho inocuo y hasta juguetón, basta para que un ciudadano, un respetable y joven médico, se convierta en blanco de la élite soviética y su hato de “máquinas del creer”, como los llamó José Revueltas. Una chanza se transforma en una persecución del camaraderío, que solo deja muerte y destrucción a su paso, antes que el bienestar jurado por Stalin.

Hoy, que el gran Kundera ha vuelto al ruedo con una novela y aclamado para ser premio Nobel, con 20 años desafiando a la Academia Sueca, sus pequeños críticos siguen juzgándolo a partir de las frases de sus personajes. Siempre queda la pregunta, después de ver cómo se deshacen en reclamos, de qué dirán, digamos, de Pasternak, quien solía poner solo diálogos inteligentes a sus personajes, sin importar su lugar en la cadena darwiniana, lo que los hacía poco verosímiles, si bien son grandiosos y abundantes, como en Doctor Zhivago.

Como Abelardo y su lógica, pues, Kundera se ha hecho odioso a los críticos que lo evalúan a partir de los dichos de sus personajes y no, como pudiera suponerse, sobre la base de su discurso en volúmenes ejemplares como El arte de la novela y Los testamentos traicionados. ¿Acaso solo Paz, Fuentes, Rushdie, Roth y Coetzee entendieron?


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