Fusilerías

Iguala: la especie izquierda “moderna”

Hay especies que han salvado los episodios de la evolución y la extinción. A diferencia de todas aquellas que debido a los cambios climáticos, con la consiguiente transformación de su hábitat y alimentación, tuvieron que adaptarse, unas con éxito y la mayoría ya desaparecidas, unas pocas han sobrevivido a esos procesos con cambios mínimos en su morfología, diseños perfectos que la naturaleza ha consentido.

Muchas de estas especies vieron extinguirse a los dinosaurios del Jurásico y el Cretácico, a las megabestias del Pleistoceno, y conviven hoy con el Homo sapiens. Variedades de cocodrilos, libélulas, cucarachas, alacranes y tiburones han sorteado cataclismos y se reproducen sin freno. Ellos son los campeones de la resistencia, los fondistas de la carrera por la vida. Algunos incluso han afinado sus características para la adaptación, como un tipo de arácnido cuya versión 2.0, más pequeño que su antecesor, mantuvo sus ocho ojos con una variante: cuatro para ver de día, cuatro con visión nocturna.

Hay especies, acaso subespecies, que por el contrario van de regreso. Pasamos al ser humano y su invento, la política. De ahí, derivamos a la política mexicana. Y a la izquierda “moderna”: el PRD. Ya usted, querido lector que cayó aquí de forma accidental, debe estar preguntándose qué fumó el autor para tildar de “moderna” a la convención de tribus. Por eso las comillas. Porque si ha seguido con algo de atención la trayectoria de este grupo político, sabrá que quienes así la llaman, adulación convenenciera, es porque de él se sirven.

Priistas, panistas y empresarios aplauden la actitud “progresista”, “nacionalista”, “negociadora”, “madura”, “de altas miras” y otros atributos no poco halagadores para un PRD, acaparado desde años atrás por una de sus facciones bien conocida como Los Chuchos, que ha dejado atrás su carácter de oposición, distanciado de quienes dentro del mismo partido, unos más radicales que otros, exigen a su dirigencia no traicionar el ADN contestatario que le dio origen.

Mal empezó su gestión el nuevo líder nacional perredista, Carlos Navarrete, tercero en el orden al bat de Los Chuchos (detrás de los Jesús Ortega y Zambrano), cuya primera misión fue acudir a Iguala a ofrecer una disculpa por las omisiones de su partido, parte sustancial en los calamitosos hechos que derivaron en la desaparición de decenas de estudiantes, casi con la certeza de que todos yacen en fosas en las afueras de ese municipio guerrerense, víctimas con todas las evidencias a la mano del alcalde, su esposa y el jefe policiaco local, militantes todos de Nueva Izquierda, el nombre formal de la corriente encabezada por el trío antes citado.

El mismo día, entrevistado por Carlos Puig en MILENIO Televisión, Navarrete dijo sin asomo de preocupación que él, como senador, se opuso al Mando Único policiaco, como su compañero de partido y de tribu, Graco Ramírez (que fue una de las circunstancias que permitieron a un munícipe manejar a su antojo a sus agentes al grado de asociarlos con el crimen, en el caso que nos ocupa la banda Guerreros Unidos), pero que gobernar ya es otra cosa. Así de simple quiso salir al paso del evidente yerro, más allá de los testimonios de que en todos los niveles se conocía el negro historial de la autoridad del hoy ensangrentado ayuntamiento y no se hizo nada.

Hoy la izquierda “moderna” debe muchas explicaciones no solo a los mexicanos, porque el escándalo de Iguala, aunado al de Tlatlaya, ha tenido alcance internacional no solo en voz de las tradicionales y obligadas censuras de Human Rights Watch, Amnistía, OEA y la propia ONU, sino de varios gobiernos, encabezados por el de Estados Unidos, que demandan una investigación satisfactoria de la barbarie y castigo ejemplar. La ecuación es simple. La sangre de esos normalistas y de los supuestos bandoleros salpica a chorros todo el discurso reformador del gobierno federal en funciones.

Y cuando las aguas hayan recobrado su nivel, quizá la subespecie izquierda “moderna” no tenga dónde guarecerse. Su involución los está llevando a un punto de quiebre y esta vez arrastran a sus aplaudidores en los otros flancos, quienes de seguro olvidarán los halagos para dejarlos morir solos. Pervivirán, como siempre, las especies mejor adaptadas. Las que no solo piensan en la sobrevivencia, sino en transformarse, con la aspiración de ser versión 2.0.


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