Fusilerías

Historias tenísticas

De los escasos episodios reporteriles del fusilero en materia deportiva, en la medianía de los años 90, hay uno ilustrativo de la evolución del tenis en múltiples espacios y la involución cuando del ámbito nacional se trata. La entonces número uno de la rama femenil, Steffi Graf, encabezaba un cartel de exhibición, acompañada de dos aguerridas españolas, Arantxa Sánchez y Conchita Martínez, más Angélica Gavaldón.

En aquellos años esta chica mexicana figuraba entre las primeras 50 sembradas de la Asociación de Tenistas femenil, la WTA, e iba en descenso la posición de los varones en cuanto a la Serie Copa Davis, en la que estaban por quedar en el pasado las grandes exhibiciones que el equipo comandado por Leonardo Lavalle, Jorge Lozano y La Araña Herrera solía dar, al grado que llegó a enviar a la llamada armada española a una división inferior.

En aquel torneo femenil, organizado en el Palacio de los Deportes, la alemana, hoy esposa del gran Andre Agassi, perdió los dos partidos que sostuvo, incluido uno con la mexicana, para sorpresa de todos. Sin embargo, la número uno era la figura no solo por su clasificación, sino porque introdujo un peculiar cambio en el vestuario: usaba vestido. En la conferencia de prensa, no faltó el reportero que le preguntó cuántos tenía, a lo que la alemana, siempre seria e inmutable, aun cuando ganaba un torneo de Grand Slam, respondió con gran sonrisa: solo tengo uno.

Hoy las chicas parecen haber retomado el atuendo clásico de blusa y falda, si bien con un gran colorido, como lo instauró el citado Agassi con prendas a rayas y tenis negros, que literalmente hicieron palidecer al hasta entonces “deporte blanco”. Maria Sharapova, la rusa que ganó Wimbledon a los 16 años, es una de las tenistas que aún alterna la falda con el uso de vestido, del que seguramente la firma Nike se asegurará de que tenga más de uno.

El Torneo Abierto de México se jugaba entonces en el Club Alemán, al sur de la Ciudad de México, y un austriaco imponente, Thomas Muster, que por aquellos años llegó a ser número uno de la clasificación, se daba gusto batiendo a cuanto rival le ponían enfrente. De esas visitas, hay una anécdota que retrataba a este rubio que cultivaba con pasión el revés a dos manos: una vez que había ganado un partido, ya sin aficionados en las gradas, el famoso Musterminator volvía a la arcilla, la superficie que dominaba, y trotaba vueltas y vueltas como parte de su rutina. Ejemplar.

Hoy no hay una sola chica mexicana entre la élite. Hombres, tampoco. Hace uno o dos años un nacional obtuvo un wildcard, un pase de invitación, para competir en la hierba de Wimbledon. Esa era la buena noticia. La mala es que enfrentaba, si la memoria no falla de nuevo, al suizo Roger Federer, quien a la fecha se mantiene en los primeros 10 del mundo. Huelga comentar el desenlace.

En unos años este deporte se ha revolucionado. Hoy el atuendo es multicolor, diseñado con ingeniería que evapora el sudor, y algunas reglas sobre el desempate o tie break han cambiado. Hoy el jugador tiene un número limitado de desafíos y se atiene a la tecnología, consistente en un juez virtual, denominado ojo de halcón, que puede echar abajo la marcación del hombre que rige el partido desde su asiento en las alturas. Pero mientras esto pasa en el mundo, aquí todo lo relacionado con la especialidad solo tiene atisbos de aire nuevo en cuanto a la organización del torneo que se juega cada año en Acapulco y, desde este 2014, sobre cancha dura.

Los nombres de Raúl Ramírez, Antonio Palafox, Francisco Maciel, Leonardo Lavalle y Luis Enrique Herrera, más Angélica Gavaldón, quedan ahí como las estampas de una época saludable de un deporte con una gran cantidad de practicantes, como consta en los deportivos y clubes de varias entidades, pero nula estrategia para desarrollar talentos.

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