Fusilerías

Eco, un vértigo del Medievo al Twitter

Una profesora universitaria nos recomendaba a los alumnos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, allá por mediados de los años 80: cuando lean El nombre de la rosa, de Umberto Eco, no se compliquen. Si no saben latín ni griego, solo eviten esos párrafos y continúen la lectura, que todo vendrá explicado en la trama.

Algunos ya sabíamos quién era el autor de esa prodigiosa y ambiciosa novela, porque un libro de cabecera en la carrera de comunicación era, ignoro si aún lo es, Apocalípticos e integrados, así que aquella generación se aplicó con gusto a conocer la faceta literaria del erudito, inaugurada apenas cinco años atrás.

Al poco tiempo el cineasta francés Jean-Jacques Annaud adaptó El nombre de la rosa con gran éxito, una superproducción de 1986 estelarizada por Sean Connery, quien pasó de James Bond al monje-detective medieval Guillermo de Baskerville, acompañado por el pequeño Adso de Melk (Christian Slater), generando un éxito de taquilla internacional. En unas líneas Eco hace decir a un viejo abad que el conocimiento no es para ampliarse, sino para resguardarse, y con ello el autor trazaba, en un breve parlamento, el resumen del pensamiento de aquel oscuro periodo de la historia.

Eco fue siempre un provocador. En un ensayo analizaba por ejemplo los aforismos de Oscar Wilde, a los que si bien les reconocía ingenio, también los desarmaba artificio por artificio. "No tienen sentido", analizaba. Y nada más basta echar una leída a sus entrevistas del año pasado, a propósito de la publicación de su novela reciente, Número cero, una crítica al mal periodismo, en las que censura que "hoy las redes sociales les den espacio a legiones de idiotas".

La estética y las listas eran otras dos obsesiones del maestro, recién fallecido la semana pasada. Sus dos volúmenes Historia de la belleza e Historia de la fealdad son un recorrido por obras maestras del arte de todos los tiempos acompañadas de textos de grandes autores, conducido el discurso por apuntes del propio compilador. Una doble experiencia estremecedora entre la aventura de los conceptos temporales de lo hermoso y lo grotesco diseccionados con el lenguaje experto.

Eco ha relatado que el museo Louvre le encargó organizar una serie de foros, conferencias y conciertos a partir de un tema de su elección y no dudó en proponer la lista, que pronto se convirtió en un volumen titulado El vértigo de las listas (Lumen 2009), que parte del catálogo de las listas de naves de la Ilíada, de Homero, obra en la que el italiano halla un resumen que parece oscilar entre una poética del "todo está aquí" y una poética del "etcétera".

El autor acude a un tiempo a un fragmento de Hesíodo y una pintura de Hendrick de Clerck, y aun en un cuadro tan célebre y pequeño en tamaño como La Gioconda encuentra elencos, una lista visual, y lazos con los guerreros de Homero. Abarcador como todos sus libros, aquí hace convivir a Dante con Doré, a William Shakespeare con Alberto Savinio, a Thomas Mann con Rubens y a Patrick Süskind con Guttuso, a Italo Calvino con Lascaux. Más aún: la enumeración de animales de Jorge Luis Borges, "una lista no normal", con Salvador Dalí.

En una sentida carta publicada a la muerte de Eco, un nieto se despide de él así: "Querido abuelo, quería hacer una lista, ya que las listas te gustaban tanto, de todas las cosas que hicimos juntos en estos 15 años, pero hubiera sido muy larga. Pero tantas veces me preguntaron: '¿Cómo es tener un abuelo así?', y yo, asustado, nunca supe dar una respuesta satisfactoria. (...) Volviendo a la pregunta que siempre me han hecho, puedo decir que tenerte como abuelo me ha siempre colmado de orgullo. Gracias, abuelo".

Agotado el espacio, ido Eco, acaso varios lectores compartan la duda del fusilero, la misma que el chico Adso de Melk plantea en uno de los últimos capítulos de El nombre de la rosa, y que pone punto final a la película homónima, a propósito de la chica coprotagonista de la historia, la mendiga: "Hay algo que nunca supe: su nombre".

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