Fusilerías

Donald Trump y la matanza de Charleston

El último año de la generosa y rica década de los 80, el músico Neil Young abrió un paréntesis a su tradicional repertorio, ya para entonces aderezado con espléndidas baladas y piezas country, para lanzar un himno del rock que puso fin a esa época, “Rockin’ in the Free World”, un canto a la libertad que, de forma paralela, daba pie a la nueva era, los 90, acaparada por subgéneros como el grunge de Nirvana, pero que no arrancó de lleno sino hasta 1992 con una rola fundamental: “What’s Up”, de 4 Non Blondes, en voz de Linda Perry, hoy célebre productora de esa industria.

El significativo salto generacional, la clave temporal que representó la canción de Young, hace más grotesco el uso que el magnate estadunidense Donald Trump dio a la pieza, como fondo musical de su acto de destape como candidato presidencial, en el que no ahorró en invectivas contra México, su tema favorito, con un discurso racista, primitivo, que lo ubica en el tiempo más atrás de 1989, cuando se estrenó la célebre rola.

El mayor problema con estas expresiones discriminatorias no es tanto que las lance en un iracundo foro político poblado por actores menores, acarreados y disfrazados de simpatizantes, sino que son amplificadas hoy por los diversos medios y terminan inoculadas en mentes pequeñas como la de Dylan Roof, el joven caucásico que mató el miércoles a nueve personas en una iglesia de Charleston, con el argumento de que los negros se están apoderando de Estados Unidos.

Si Trump, más allá de ideologías, lanza una campaña contra los migrantes como gancho para adherir simpatías de la comunidad sajona que se empecina en dar la espalda a la historia de su país, una historia de migrantes, para otros como Roof son “verdades” que deben ser frenadas a cualquier precio, incluso con una “guerra racial”, como confesó ayer el multihomicida.

Los disparos de estos crímenes de odio no salen solo del arma de Roof. Tienen múltiples fuentes y de todos los estratos sociales. Se originan en las palabras de personajes mediáticos, como Trump, y de catedráticos de Harvard, como el ya fallecido Samuel Huntington, quien se escandalizaba del dato duro de que en California hay más niños con el nombre Miguel que con el de Michael.

El relato se complica por la adicción de una amplia capa de la población a las armas, que en nombre no solo de la seguridad, argumento explicable, sino del puro gusto de la posesión y la práctica, promueve a candidatos que dejen a salvo los derechos de la Asociación del Rifle, poderosa cúpula dirigida durante décadas por el ya desaparecido Charlton Heston, aquel protagonista de la película El planeta de los simios.

El caldo de cultivo es cíclico en Estados Unidos. Las matanzas en colegios abundan. La persecución de civiles contra migrantes no cede, como tampoco los excesos policiacos de blancos contra “sospechosos” que suelen ser negros y, en su mayoría, indocumentados. Las ofensivas legales de algunos estados atizan la incertidumbre y en el Capitolio ni republicanos ni demócratas atienden los constantes llamados de Barack Obama a aprobar una reforma integral que cada día parece más lejana.

“¿Quién le dio la green card a este hijo de la chingada?”, expresó Sean Penn en la ceremonia del Premio Oscar, al anunciar el triunfo del director mexicano Alejandro González Iñárritu por el filme Birdman, y después calificó de “estúpidos” a quienes “malinterpretaron” el comentario a su amigo. El lío es que, en un clima enrarecido, la broma en horario prime time llega ya no digamos a una nación, sino al mundo. Y también a gente como Trump y Roof.

 

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