Fusilerías

El Diablo recorre Europa

Hay preguntas que siguiendo una tradición circular resurgen al paso de la historia. Una de ellas es el enigma de la popularidad de ciertos personajes cuyo embrujo alcanza aun a las mentes más brillantes de su época. El tiempo y el estudio ponen adjetivos y razonamientos al origen de esa fascinación en amplias capas de ciudadanos, pero no siempre explican esa atracción de miembros de la comunidad intelectual.

El discurso nacionalista posee un registro puntual de propaganda desde que el hombre tiene sentido de pertenencia a sus iguales. Si el lector acude a los griegos, por ejemplo, hallará en la gama extensa de significados los que corresponden a esa condición grupal, de hombres luchando por un territorio, una nación, un mundo. No escaparon a esa tradición los personajes de Homero, como tampoco los de Virgilio o los de Dante en otra geografía literaria.

Jerzy W. Borejsza ha escrito en La escalada del odio (Siglo XXI Editores, 2002): “La fascinación por el fascismo, la elegancia de los fascistas, estas palabras suenan como una provocación o como una terrible ironía. Pero, cuando nos ocupamos de la historia, debemos esforzarnos por comprenderla no exclusivamente desde la perspectiva de nuestro tiempo, nuestra clase social, nuestro sistema político, nuestra nación y nuestras normas morales”.

Expone que, por ejemplo, para muchos no merecía la pena vivir en un mundo sin Hitler, sin nacionalsocialismo, porque las ideas del fascismo italiano y del nacionalsocialismo poseían, atraían, movilizaban y fascinaban. Y se pregunta si Magda Goebbels, la esposa del monstruo propagandista de Hitler que se suicidó tras matar a sus cinco hijos pequeños, fue la única en pensar que no tenía caso vivir en un mundo después del fürer.

Esos sistemas produjeron nuevas tendencias en la fe, cuyo carácter de ilusión, dice Borejsza, solo se dejó ver con el tiempo, con la documentación de los apoyos que le dieron artistas como Knut Hamsun, Pierre Drieu La Rochelle, Ferdinand Céline, Herbert von Karajan, Arno Breker, Ezra Pound, Roberto Rossellini y numerosos representantes del mundo de la cultura. Y en la posguerra, con los bloques definidos en el esquema de la guerra fría, genios de las letras chocaron, a partir de sus filias y fobias políticas, en el centro de todo el estalinismo, que enemistó, por ejemplo, a Jean-Paul Sartre y a Albert Camus, a partir de su distinta concepción de los totalitarismos.

Hoy Francia y buena parte de Europa han dado un voto de confianza a la extrema derecha en sus procesos de elección comunitarios. Marine Le Pen ha sido la ganadora con un discurso tan incendiario como el de su difunto padre, líder del Frente Nacional, quien adaptó un lema con cien años de antigüedad para fundar su campaña: “¡Francia para los franceses!”. La frase, autoría del editor Édouard Drumont (1844-1917), resumía así la presentación del judío como fuente de todos los males que afligieron a su país después de la revolución de 1789.

Borejsza considera que con el partido que ahora encabeza Marine Le Pen ha resurgido un nacionalismo francés populista y racista que cuenta con el apoyo de masas, y que hace ver tímido y amateur al anterior gobierno, promotor de políticas discriminadoras, presidido por Nicolas Sarkozy. Cierto, hoy la decepción de muchos con la Unión Europea ha desatado este voto de castigo beneficiando también a las derechas de Gran Bretaña y Grecia, por ejemplo. Pero el enigma revive y el azorado espectador de este reacomodo no puede dejar de preguntarse si es solo una definición euroescéptica o una renovada fascinación por los nacionalismos con acentos dramáticos.

“Si se dan las condiciones para que un solo demente ocupe la cumbre de la pirámide totalitaria, éste podrá no solo detonar una guerra global, sino sencillamente causar el final de nuestro mundo”, razona Borejsza. Es hora de escuchar con atención toda llamada de alerta cuando el Diablo recorre Europa.

 

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