Fusilerías

Deep Purple y 8 mil viajeros en el tiempo

Canas, pasos lentos, hombres llevados de la mano. Abundan sexagenarios, hay cuarentones, cómo no, y una minoría de jóvenes. Una gran cantidad, con algunas variantes, porta playeras con el mismo logotipo, con las mismas dos palabras que los han convocado a la Arena Ciudad de México. No, no es un acto político con acarreados enfundados en uniformes de uso obligatorio que vayan a recibir una tarjeta de descuento a cambio del aplauso y la afiliación, o el voto.

Porque estos ancianos y estos adultos contemporáneos, para usar la fórmula de una antigua emisión radiofónica, llevan una alegría bosquejada en el rostro que pronto se transformará en euforia. En esas cabezas blancas y, en algunos casos, calvas, hay pañoletas al estilo Roger Glover y sombreros modelo Ritchie Blackmore; algunos llevan lentes con el sello de Ian Paice y del fallecido Jon Lord. Chamarras negras de piel, mezclilla, botas.

El viaje en el tiempo ha sido pactado a las nueve de la noche del 4 de noviembre de 2014. Los 8 mil presentes lanzan un rugido cuando media hora después las luces se apagan y una cabellera rubia se mueve en el escenario. Steve Morse, el más duradero guitarrista de Deep Purple, si no el más popular ni el más creativo, comienza con lo suyo y viejitos, maduritos y dos o tres jóvenes colados están a punto de experimentar un suceso que comenzó a finales de los años 60 y sigue congregando a la banda: el Púrpura Profundo en vivo. Están a punto de atestiguar eso que llaman Un Concierto de Rock.

La banda británica, cuya alineación suele etiquetarse como Mark I, Mark II, etcétera, hoy en Mark XL acaso, vuelve a México para presentar su más reciente disco, Now What?, producción ya solo para consumo de verdaderos seguidores, pero que da vigencia al legendario quinteto. La primera mitad del concierto, así, es un recorrido por ese nuevo material y apenas deja lugar para dos piezas clásicas, “Into the Fire” y “Strange Kind of Woman”, que ponen a moverse y a cantar a un respetable que pasa casi todo el tiempo de pie.

Lo mejor viene después de los acostumbrados solos de cada integrante, quienes muestran sus dotes con la energía que les conoce la legión de adeptos al hard rock, el ritmo del que después derivó el metal con todas sus variantes ochenteras. Ian Gillan, el vocalista de 69 años, ha perdido por razones naturales su tilde de “Rugido”, por lo que deja al público ayudarle con los niveles más altos, pequeño dato que poco importa a la muchedumbre que aporta sus coros en cada rola, sobre todo en la segunda mitad, en la que el Purple clásico toma la escena.

Entonces vienen en fila los temas de culto: “Lazy”, “Space Truckin´”, “Perfect Strangers” y “Smoke On the Water”, himno de la banda enmarcado con el riff más poderoso, aclamado y célebre de la historia del rock. Para el encore, otros dos platillos fuertes: “Black Night” y la fundacional “Hush”, rolita que ha resucitado a lo largo de las décadas con versiones que la han involucionado hasta convertirla en una pieza popera que denigra su origen.

Ya para cuando el concierto se ha enfilado a la parte del banquete, un hombre cincuentón ha tenido suficiente dosis de cerveza, pierde los estribos y los chicos de seguridad lo echan. El bebedor, que quizá haya esperado décadas para ver a sus ídolos de juventud (aunque la banda ha venido por lo menos cinco veces), se pierde lo mejor. En otros lugares hay mujeres sentadas viendo con emoción algunas, con sonrisas otras, con aburrimiento acaso aquellas, a sus parejas, siervos atrapados en el frenesí y el poder del rock.

Cuando las luces del foro vuelven y Glover lanza sus plumillas a la concurrencia VIP, nadie se queja de que la tocada haya durado menos de dos horas. Hay, por el contrario, un agradecimiento y un reconocimiento porque la edad no ha sido obstáculo, de ninguno de los lados, para revivir las épocas de los grandes encuentros de hard rock, del Made in Japan de 1972 al Live in Stuttgart de 1993. Porque este 4 de noviembre de 2014, pese a que el Purple no tocó “Highway Star”, la simbólica rola que no llegó, todos los presentes pueden estar seguros de algo: podrán decir que un día estuvieron en eso que llaman Un Concierto de Rock.

 

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