Fusilerías

Decapitación: el imitador inglés

El hombre no llega a los 30 años. Está relacionado con uno de los grupos integristas más radicales, violentos y activos. Este criminal reincidente, maniaco del secuestro, fanático seguidor de la yihad, cuyo odio a Occidente lo lleva al crimen, no es paquistaní ni sirio, sino inglés. Nació inglés, posee pasaporte inglés, pasó su infancia y su adolescencia en Inglaterra, cursó estudios universitarios en la London School of Economics, su familia vive en Londres. Es un inglés de pura cepa. Y ha decapitado a un periodista estadunidense.

Quizá el amable lector objete alguno de estos datos duros si cree que el aludido líneas arriba es el hombre que el mundo vio, a mediados de esta semana, enmascarado y con acento inconfundible de Inglaterra, degollar al reportero estadunidense James Foley. Pero no. Es otra vuelta de tuerca de la historia. El hombre arriba descrito, a partir del libro del francés Bernard-Henri Lévy, se llama Omar Sheij y es el ejecutor intelectual del periodista Daniel Pearl…en enero de 2002.

Otra vez la película circular. Otra vez el terror. Otra vez la propaganda por vías letales. De nuevo el discurso bélico acompañado de la violencia extrema. De nuevo los métodos bárbaros para poner la atención en una demanda en nombre de un dios equis. De nuevo la insensatez y la alienación. La hora de la guerra, música para los oídos de los ultras gringos y su industria en la materia, llega a tiempo para los días de elección. En medio de este calamitoso periodo, un episodio déjà vu: un británico, que presumiblemente trabaja con un par más de verdugos y los llaman los Beatles, deja en juego de niños la historia del mayor Brody en la aclamada serie televisiva Homeland.

Omar, el verdugo de Pearl en 2002, el inglés perfecto, estudió matemáticas y estadística en la London School of Economics. Uno de sus compañeros de clase, Saquib Qureshi, le dijo a Lévy: “Omar era amable, trabajador, buen camarada, estaba obsesionado por los exámenes y no era particularmente religioso, en absoluto un integrista islámico. No recuerdo haberlo visto rezar nunca”.

En las horas libres, investigó el autor de ¿Quién mató a Daniel Pearl? (Tusquets 2003), Omar juega al ajedrez. Lo hace cada vez mejor. Compite en los grandes chess clubs de Londres y derrota a los mejores profesionales de la ciudad. Tiene un lema que adopta de uno de los grandes ajedrecistas de todos los tiempos e ídolo suyo, Aaron Nimzovich, y que, considerado en retrospectiva, no deja de tener su chiste: “La amenaza es más poderosa que la ejecución”.

El personaje, con toda su maldad, deslumbra a Lévy, quien le dedica un tercio de su investigación: “Este enemigo de Occidente es un producto de Occidente. Este ferviente seguidor de la yihad se formó en la escuela de las luces y el progreso. Este integrista desaforado, que en su juicio proclamará haber secuestrado a Daniel Pearl porque no soportaba ver a los peluqueros de Guantánamo rapar a la fuerza a los prisioneros árabes, este radical al que la sola ida de ser juzgado, no según la sharia, sino según la ley británica, lo saca de quicio, es un producto de la mejor realidad inglesa”.

¿Será el terrorismo el hijo natural de una pareja diabólica: el islam y Europa?, se pregunta Lévy.

Hoy esa inquietud recupera vigencia. Hoy ha vuelto la pesadilla. Hoy un insospechado británico no ha ordenado, sino tomado él mismo una moderna cimitarra para cortar el cuello a un reportero, James Foley, quien, como Daniel Pearl, no era, o al menos eso parecía, un blanco ni representaba un desafío. Era inofensivo. No tenía vocación ni de mártir ni de héroe. Y hoy una británica en burqa, desde su cuenta de Twitter, aspira a ser la primera mujer en degollar a un “infiel”.

El reto ahora será contener a los imitadores.

 

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