Fusilerías

Cortázar de juventud

Una mañana de 1987, tres años después de la muerte de Julio Cortázar y uno de la de Jorge Luis Borges, tuve en mis manos un ejemplar de Rayuela que forma parte de una magnífica colección que Planeta España preparó sobre literatura latinoamericana, consistente en 100 tomos, aunque en México apenas llegó a la entrega treinta y tantos, vendidos cada semana en los puestos de periódico.

Con no poca resignación debo confesar que el rompecabezas no me hizo el guiño que ya entonces había recibido de otros autores de la misma colección. Los peruanos Mario Vargas Llosa, con La ciudad y los perros, Ciro Alegría con su Serpiente de oro y César Vallejo con Trilce; el argentino Roberto Arlt con El juguete rabioso y el uruguayo Juan Carlos Onetti con El astillero; el chileno Vicente Huidobro con Altazor y, aunque no figuraba en esas entregas, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias con El señor presidente, editado por Alianza.

Imposible argumentar que la juventud del lector, en aquel tiempo, haya sido la razón. Porque si a alguien seduce Lucía, La Maga, es al adolescente y su imaginación ávida de emociones. Acaso haya que buscar en una histórica reserva a los acertijos o de plano en una prematura alma de viejo. El asunto es que ni de corrido ni a salto de mata apareció, jamás, esa red que el escritor tiende a sus eventuales cómplices. Ya en la hora de las confesiones, es oportuno decir que Ficciones, de Borges, libro inaugural de la colección citada, logró su objetivo hasta la segunda vuelta, cuando “Las ruinas circulares” y “El milagro secreto” deslumbraron al ya entonces universitario a punto de la graduación.

Pero con Cortázar, antes que una segunda vuelta a Rayuela, hubo un acercamiento a su otra habilidad, el cuento. De viaje por Huatulco y Puerto Escondido con el colega Luis Carlos Rodríguez, entonces noveles reporteros ambos, él con De Perfil de José Agustín bajo el brazo, el fusilero incluyó en su equipaje Final del juego. Ahí comenzó todo con Julio, una noche de 1991 en la que las estrellas delimitaban, desde una endeble cabaña de madera y palma a orillas del mar, la línea del mar en el horizonte, mientras tomaban los viajeros un reposo después de agitadas veladas con la fauna que se daba cita en los bares costeros.

“La noche boca arriba” es acaso, en la modesta historia de lecturas de este redactor, el cuento perfecto. Un hombre atrapado, el personaje del relato, no por lazos que guerreros de una civilización prehispánica sujetan a una piedra de sacrificios ni por manos de enfermeros en un quirófano de hospital del siglo XX, sino en dos tiempos, en dos épocas, en un estadio imposible de definir entre el sueño y la realidad, entre el desmayo y la vigilia, entre el colapso físico del que se desangra y la exaltación onírica.

Como si no fuera suficiente, el volumen incluye, entre otros relatos, “La puerta condenada” y “Axolotl”. Ignorante entonces del fenómeno Cortázar, el ingenuo lector pensó que se trataba de una selección de los mejores cuentos del argentino. De ahí hubo que pasar de inmediato al resto del género: Bestiario, Las armas secretas, Queremos tanto a Glenda, Todos los fuegos el fuego y alguno más que escapa ahora la memoria y que bloquearon toda posibilidad de volver alguna vez a Rayuela. Antes, de hecho, llegó Salvo el crepúsculo, obra poética a la que poca justicia se le hace dada la magnitud y reconocimiento que tiene la prolífica producción narrativa del autor.

En una charla ante un selecto grupo de afortunados, en la UNAM, Vargas Llosa relató hace unos años un episodio de su vida con Cortázar en París. En el grupo participaban también Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Más allá de sus actividades políticas y literarias, aquellos jóvenes escritores solían también divertirse en las noches parisienses. En no pocas ocasiones, Cortázar se ausentaba y no sabían de él hasta días después. Cuando le preguntaban por qué había dejado la fiesta a medias, respondía como si fuera cualquier cosa: “Fui a escribir un capítulo de Rayuela”. De eso, remató la anécdota el peruano español, solo es capaz un genio.

Acaso el centenario de Cortázar sea un buen momento para volver a Rayuela.

 

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