Fusilerías

Cónclave demoniaco

Madison, la adolescente a quien da voz Chuck Palahniuk en su novela Damned (Condenada, Anchor Books 2011), dice que en el infierno no puedes volverte sin codearte con algún personaje. Marilyn Monroe, Gengis Khan, James Dean, Caín, Susan Sontag o Kurt Cobain. Frank Sinatra, Ava Gardner, John Lennon, Jimi Hendrix o Jin Morrison. Un Woodstock permanente que, de saberlo el padre de la chica, tragaría sin chistar veneno para ratas y se atravesaría con una espada samurái.

Diecisiete siglos atrás, cuando estaba “a la mitad del camino” (tenía apenas 35 años), Dante se codeó con no menos célebres personajes en algún círculo del infierno de la mano de Virgilio. Paseando a las orillas de Aqueronte, el hirviente lago, el joven poeta, innovador al recurrir al antiguo italiano y no a las lenguas cultas, imperantes en el Medioevo (griego y latín), ya se imagina inmortal y canta su encuentro con los grandes filósofos griegos, cuyo único pecado era no estar bautizados.

Pero el lector de ambos autores lo sabe. Eso solo pasa en algún paraje infernal. Porque en el vasto, ardiente y acaso infinito territorio del inframundo, el ciudadano de a pie que gobierna, a nombre de un maestro que cultiva el gusto del heterónimo, es el demonio en todas sus formas. Palahniuk, ya veremos más adelante, los clasifica por su origen, pero hoy, en este otro infierno que es la tierra firme, subsisten y son reconocidos por su apellido, su bandera o su definición científica: Obama, Putin, Netanyahu, Hamás, ébola...…

En un breve texto titulado “Ateos”, publicado en su blog, José Saramago cita al teólogo Hans Küng: “Las religiones nunca han servido para aproximar a los seres humanos los unos a los otros”. Sin cuestionar las creencias o dogmas de cada uno, censura sin embargo “esa idea infantil y ridícula de creer que nuestro dios es el mejor de entre los demás dioses que andan por ahí y de que el paraíso que nos espera es un hotel de cinco estrellas”.

Hoy y desde la mitad del siglo pasado, por ejemplo, más allá del debate sobre el derecho a un territorio por antigüedad o decreto inatendido de la Organización de las Naciones Unidas, el debate y la guerra entre israelíes y palestinos, el discurso furibundo y las cornetas bélicas, se basan demagógicamente en antiguas sentencias de profetas y herencias divinas, en peroratas de “pueblos elegidos” y “primeros habitantes”.

Llegar a un acuerdo en Levante nunca será posible a partir de esos fundamentos. Cuando la religión y el mito, la excepcionalidad de raza, se imponen en el discurso y la negociación de ciegos y sordos iracundos, lo único que pervive son el dogma y la intolerancia. El acuerdo es imposible en un entramado de creencias lanzadas desde un bombardero o una resortera, desde un moderno fusil o un lanzacohetes hechizo, con todo el desequilibrio que ese enfrentamiento letal conlleva en Gaza.

Los demonios, empero, andan sueltos por doquier. Emergieron en hordas y ya pusieron su sello aun en caídas de aviones, con múltiples bajas civiles. En cientos de víctimas de ébola en una de por sí golpeada región africana. En los retomados ataques aéreos lanzados por Estados Unidos a posiciones iraquíes. En la violencia persistente contra los migrantes a escala global. Con sus distintas denominaciones, estas expresiones de maldad se multiplican con ferocidad inusitada.

La convención de seres malignos en vigor parece tener como invitados a Troyan, el negro demonio de la cultura rusa; Tlacatecolotl, el dios del mal del México antiguo; Oni, el mal japonés en el centro de los huracanes; el babilonio Behemoth, el filisteo Dagón, la fenicia Astarté, el hebreo Mevet, Lilith, Reshev, Azazel, Astaroth, Lucifer, Tartak.… “¿Estás ahí, Satanás?”, pregunta el atónito mundo, haciendo suya la pregunta persistente de Madison, la adolescente condenada al infierno por Palahniuk.

 

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