Fusilerías

Cita con un Nobel

De visita reciente en San Pedro Villa Guerrero, Estado de México, el fusilero asiste a un episodio que no por común en tierras mexicanas deja de llamar su atención. En la mesa dispuesta para el hombre de campo, que festeja sus setenta y tantos años, corren las viandas propias de los convivios rurales: borrego, nopales, frijoles, tortillas hechas a mano, cervezas, ron y tequila… La naturalidad de la escena, empero, remitió a un poema recién leído, autoría de un escritor de la antillana isla de Santa Lucía.

Titulado en francés, en el original, “Moeurs anciennes”, Costumbres antiguas, el poema tallado en lengua inglesa dice: “La fiesta tuvo lugar una mañana en los cerros / con el consentimiento de algunos antropólogos. / (...) Todo aquello fue como una partida de campo sangrienta. / Botellas de ron blanco y un alboroto de puesto de feria. / Maniataron al cordero y luego lo degollaron, / turnándose los celebrantes para beber la sangre.”

Derek Walcott (1930), autor de los versos, ganó el Premio Nobel en 1992. Es un escritor universal, nutrido del francés y algunas de sus derivaciones, como el patuá, aunque su lengua es la inglesa. Por esa gama de luces que su pluma encuentra, el lector converge, entre líneas, con Umberto Eco y James Joyce, Julio Cortázar y Aimé Césaire, Walt Whitman y Homero. Lea usted su autorretrato: “No soy sino un mulato rojizo que ama la mar, / tuve una sólida educación colonial, / hay en mí del holandés, del negro y del inglés; y, / o soy nadie, o soy una nación.”

¿O cómo no escuchar el tono de Pablo Neruda en estos versos de “Nombres”? “El cielo se plegó a nuestras espaldas / como la historia se pliega ante un sedal, / y la espuma se deshizo / sin que dejara algo en nuestras manos/ salvo esta vara / con que trazar en la arena nuestros nombres / que el mar borró de nuevo ante nuestra indiferencia.”

Otro canto nerudiano en “Juncos de mar”: “Robar puedo esta noche sus palabras / al confuso rumor del oleaje / entre los juncos, pero no andar a solas/ sobre las hojas del océano que la luna baña / por aquel blanco camino, / ni cernirme en el vuelo, propio del sueño, / de los búhos ya libres del peso de la tierra. / Los amigos que guardas, oh tierra, son más que aquellos que dejaste para amar.”

Pero México vuelve ya no como un eco, una resonancia, sino como una más de sus “islas” de canto. En “Música de cantina”: “Bandidos de ninguna república, / Sonora, Veracruz, / los dientes suyos relampagueaban como dagas, / su áspero rezongo era cuero rajado, / su andar a zancadas por las calles / a la hora de los cocuyos / y, botas a horcajadas para la trifulca final, / listos para morir/ si alguien puede aportarles un motivo / para armar su último escándalo, / valsando lentamente rumbo al cieno / al son de un joropo de cantinas de hojalata.”

Walcott estaba anunciado en la agenda del Hay Festival 2013 en Xalapa. La confirmación no llegaba una quincena antes, una semana antes, un día antes. Pasó el día programado. Setenta y dos horas después, el desorganizado equipo a cargo de los visitantes y las citas con la prensa dio a conocer que el Nobel sufrió un accidente doméstico y cancelaba su presentación.

El fusilero, que tenía pactada una entrevista con el autor, se quedó con estas inquietudes atrapadas en las líneas del titán de Santa Lucía. Perdida la charla, queda leer la antología Pleno verano, poesía selecta 1948-2004 (Vaso Roto 2012), edición bilingüe traducida por José Luis Rivas, y recoger estos cantos: “La noche con su aliento de ron blanco /anda conmigo a paso de sepelio, / prolongando la ciudad”. Y de cierre: “hago una fiesta de todas las circunstancias”.

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