Fusilerías

Chupasangre prehispánicos y de pantalla

Acaso la Iliada, ese monumento a la guerra en palabras de Baricco, haya fundado una tradición de obras que debajo de sus versos han legado un mensaje opuesto, en este caso, la memoria de un obstinado amor a la paz, invocado en cada uno de sus personajes femeninos humanos. Esta dualidad ha figurado, lograda en mayor o menor medida, en eso que se llama literatura clásica. Pero en la época actual, la convivencia de discursos distantes unidos por un hilo narrativo ha llegado a extremos como el de los personajes vampíricos. Sangre y belleza.

No se trata de insinuar, de manera alguna, que las escritoras Anne Rice o Stephenie Meyer hayan inaugurado la versión de los vampiros bonitos y sensuales con sus entregas Entrevista con el vampiro, La reina de los condenados y la saga de Crepúsculo, con sus respectivas adaptaciones fílmicas ornamentadas a partir de las más agraciadas estrellas del momento, como sucedió con Tom Cruise, Brad Pitt, Antonio Banderas, Robert Pattinson y Kristen Stewart. Y qué decir de la pareja Kate Beckinsale-Scott Speedman en Inframundo, de Len Wiseman, y sus secuelas.

Ya antes el propio Bram Stoker, creador del más famoso representante de la dinastía de los Dracul, había dado un despliegue a su personaje, honorable caballero con tilde de conde en el día, voraz demonio hematógafo por la noche, aunque con la debilidad del amor. Pero sin duda hoy se ha impuesto el canon de la belleza occidental en las series sobre vampiros y aun en las abundantes de zombis. La industria fílmica manda y el casting se adapta a las necesidades en busca de audiencia.

Guillermo del Toro, en este contexto, ha decidido dar una vuelta de tuerca y volver al vampiro siniestro, parasitario, más en la línea del clásico Nosferatu o de las hordas ávidas de sangre de Stephen King. El mexicano presenta su teleserie The Strain, basada en los relatos que escribió en coautoría con Chuck Hogan, que estrenará la cadena FX el próximo 13 de julio. Aquí los depredadores son, en palabras del cineasta, “brutales, animalísticos”, ajenos a los populares entes de Crepúsculo. “Leí el primer libro (de esa saga) y supe que eso no es para mí”, ha dicho.

Sobre esa condición de los chupasangre valga recordar que si bien el mito con el nombre de vampiro suele ubicarse en Europa, la América prehispánica tiene un bestiario que nada pide a aquella tradición en ferocidad, terror y dimensión sobrenatural. Le Clézio, en su documentado ensayo El sueño mexicano, ha rescatado de la bibliografía sobre cuentos y leyendas, de los mayas a los purépechas, de los aztecas a los tarahumaras, los personajes paralelos de esta especie cazadora.

La existencia de sangrientos rituales dedicados a los dioses, apunta el escritor francés, explica la ausencia del vampiro en el folclor mexicano, pero eso no impide la proliferación de mitos como el de la diosa madre Cuerauaperi, que tomaba el espíritu de sus víctimas, penetraba en ellas y bebía su sangre, como se puede leer en La relación de Michoacán. Las variantes sobre la metamorfosis del nahual, por ejemplo, ese animal-chamán que aparece con el nombre de balam en la cultura maya, surgen de la fusión del hombre y la bestia, el jaguar y el hechicero, el cánido y el sacerdote. El otro escondido, a la manera que siglos después lo adaptaría otro francés, Guy de Maupassant: El Horla.

Le Clézio cita un cuento tepehua: una hechicera devora a sus hijos y es condenada a morir a fuego lento. Cuando los habitantes abren el horno, las cenizas que escapan se transforman en mosquitos, abejas y avispas que pican a la multitud. Y hay que recordar que no hay bestia más ávida de sangre y más mortal (dengue, malaria) que un mosco. Acaso en consideración de esa mezcla de terror y depredación, propia del mito vampírico en toda latitud, el regreso de la especie voraz y parasitaria sea una buena noticia, de la mano de Del Toro, para el popular personaje.

 

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