Fusilerías

Del “Yo soy Charlie” al “Todos somos Mahoma”

Los editores de la revista Charlie Hebdo respondieron al ataque terrorista contra sus instalaciones con una portada en la que reaparece Mahoma, cliente habitual del semanario, con el título “Todo está perdonado”, sosteniendo una pancarta con la leyenda “Yo soy Charlie”. El mundo occidental saludó el lanzamiento del excepcional número, acompañado de concentraciones masivas en Francia y Alemania. Pero ayer el mundo musulmán se movilizó con consignas propias: “Yo no soy Charlie” y “Todos somos el profeta”.

Sin entrar al debate sobre la libertad de expresión, cabe la pregunta sobre la pertinencia de la respuesta, porque aun entendiendo el giro del perdón frente a la barbarie, del lápiz satanizado confrontando el terror, no deja de ser una gran provocación. El lector de aquella publicación alegará, con no poca razón, que la sátira lleva ese sello en su naturaleza, pero los alcances en esta oportunidad amenazan con ser de proporciones homéricas.

Apenas hace unos meses el grupo Ejército Islámico reactivó el terror de las decapitaciones de periodistas estadunidenses y británicos, a quienes obliga a culpar de su muerte, momentos antes de perder la cabeza, al presidente Barack Obama, en cuya primera gestión cayó Osama bin Laden, y al primer ministro David Cameron, todo videograbado y exhibido al mundo.

Porque hoy el terror, como ha escrito John Gray, es moderno: “No hay estereotipo que resulte más pasmoso que el que describe a Al Qaeda como un retroceso a los tiempos medievales. Es un subproducto de la globalización. (…) El nuevo mundo que imagina Al Qaeda no es diferente de las fantasías que proyectaban Marx y Bakunin, Lenin y Mao, ni de las de los apóstoles neoliberales que en fechas tan recientes anunciaron el fin de la historia”.

El ataque a Charlie Hebdo, por otra parte, tiene un efecto bumerán para los millones de migrantes que profesan la religión de Mahoma y habitan países europeos. En Francia, los propios indocumentados y aun los musulmanes con residencia legal se convirtieron en un daño colateral, pese a la aceptación de más de 70 por ciento de la población hacia esa comunidad, porque el prejuicio conduce a muchos a ver un potencial terrorista debajo de cada turbante o cada velo.

La extrema derecha francesa, representada en el Frente Nacional que encabeza Marine Le Pen, se queja de ser marginada de las manifestaciones en repudio al atentado, pero es una beneficiaria indirecta de Al Qaeda, grupo que se atribuyó la agresión, porque hoy puede justificar su discurso antiinmigrante, racista y discriminatorio con el que ha ganado adeptos y votos. La banda fundada por Bin Laden ha hecho una enorme aportación a una de las entidades que, en teoría, debería ser un enemigo a vencer, el que subyuga a los suyos.

Este sangriento desencuentro viene precedido del parteaguas que representó el ataque a las Torres Gemelas el 11-S de 2001, seguido por los atentados contra el tren en Madrid en 2003 y el de Londres dos años después. Y las decapitaciones ya aludidas. Es decir, el terrorismo ha dejado de atacar blancos occidentales en países como Kenia o Nigeria para llevar su ofensiva al corazón de sus adversarios. París solo es la más reciente escala.

Esta desigual medición de fuerzas entre el terror y la sátira, balas contra lápices, puede conducir a un escenario aun peor, si es que puede imaginarse una trama más complicada. Carente de paradero fijo y con miembros activos procedentes prácticamente de todas partes del mundo, como escribe Gray, Al Qaeda es una multinacional global que ya ha demostrado su poder destructor en las principales capitales del primer mundo y una organización capaz de responder con movilizaciones simultáneas en más de una decena de países al grito de “Todos somos Mahoma”.

 

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