Fusilerías

Cartas de dos poetas enamorados

Solo por un ejercicio de nostalgia, el fusilero se asoma a las páginas que recogen el intercambio epistolar de dos monstruos de la poesía en alemán: Ingebor Bachmann (Austria 1923-Italia 1973) y Paul Celan (Ucrania 1920-Francia 1970). Nostalgia basada no en las lecturas anteriores de esos escritores, sino en el arte de la misiva, que si bien pervive en el mundo electrónico, ha perdido el cuidado y el esmero en su escritura. Tiempo del corazón: correspondencia es el título de esta obra editada por el FCE en 2012.

Confesiones, declaraciones, versos, ironías, reproches, amor y análisis de la posguerra figuran en este diálogo contenido en casi doscientas cartas, ejercicio inaugurado con el poema “Egipto”, que Celan dedica a Ingeborg el 24 de junio de 1948 desde Viena. En la respuesta ya adivina el lector un gesto, un sesgo nostálgico y con algo de fatalidad: “No te escribo para que vuelvas a escribirme, sino porque en este momento me da alegría y porque quiero. También tenía pensado encontrarme contigo en algún lugar de París (...) ¿Qué querrá decir: en alguna parte de París? No tengo idea, pero de algún modo seguramente hubiera sido lindo”.

El 12 de abril de 1949, por ejemplo, Ingeborg escribe: “Querido mío (...) En el otoño unos amigos me regalaron tus poemas. Fue un momento triste porque vinieron de otros y sin una palabra tuya. Pero cada uno de los versos fue un resarcimiento”. Celan parecía soslayar estos pequeño reproches, que pronto se convertían en elogios más que de una admiradora, de una enamorada: “No es necesario que digas una sola palabra, pero yo con la más pequeña ya me alegro (...) No sé por qué ni para qué te quiero. Eso me alegra mucho, suelo saberlo con demasiada exactitud”.

Ingeborg expone en una entrega de julio de 1951: “Escribir a máquina se me ha hecho tal costumbre —o mucho más que eso— que ya casi no soy capaz de dibujar con tinta en un papel las palabras que me importan mucho”. Celan, en cambio, le habla de la dificultad de responder las cartas y le advierte sobre los riesgos del éxito, a lo que la poetisa replica: “Lo que tienes para responder a lo más íntimo de mis cartas es para mí como un soplo helado, pero te entiendo y respeto demasiado como para dejar que me gane la amargura”.

Ya para septiembre de 1951, Ingeborg explota: “Querido Paul: te voy a devolver el anillo que me diste el año pasado (...) Hoy entiendo mejor muchas cosas: sé que me detestas y que desconfías profundamente de mí, y lo lamento por ti (...) Que yo, no obstante, te ame, es algo que desde entonces ha pasado a ser asunto mío. Al menos no trataré, como tú, de acabar contigo, de olvidarte o sacarte de mi corazón de una manera u otra, reprochándote esto o aquello; hoy sé que tal vez no acabe jamás con esto”.

Celan, el poeta judío para lectores en lengua alemana, le llevaba seis años a Ingeborg, estudiante de Filosofía, hija de un austriaco. Ella interpretaba la imposibilidad de su amor y él la conminaba a no volver con temas del pasado. Escribe Ingeborg: “Querido Paul, sé que ya no me amas, que ya no piensas en llevarme contigo, y sin embargo no puedo sino tener esperanza todavía de preparar una base para vivir juntos”. Y Celan: “Lo que me decido a decir es esto: no hablemos más de cosas que son irrecuperables, Inge. Lo único que consiguen es que la herida vuelva a abrirse, provocan en mí ira y disgusto, reavivan lo pasado (...) Y por favor, no vengas a París por mí. Solo nos haríamos daño mutuamente. ¿Qué sentido tendría?”

Celan estaba casado desde 1948 con la pintora Gisèle Lestrange, justo el año en que comienza esta correspondencia con Ingeborg, quien tuvo como compañero al escritor suizo Max Frisch (1911-1991) de 1958 a 1963. Ambos personajes aparecen en buena parte del intercambio, aun con envío de saludos para ellos, pero nunca se convierten en auténticos protagonistas. Si usted es un nostálgico del arte epistolar, esta obra le va a interesar.

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