Fusilerías

Calígula y el concepto de poder

Había sido presa “de esa enfermedad a la que no escapan ni los inteligentes ni los imbélices”, el amor.

El francés Gérard Philipe, considerado “el príncipe de los actores” por sus atributos físicos, tenía 23 años cuando dio vida al primer Calígula de la obra homónima de Albert Camus en el teatro Hébertot de
París, en 1945, pieza de la que es oportuno rescatar algunos conceptos sobre el poder que el dramaturgo pone en boca del monarca romano.

En un diálogo de la cuarta escena del primer acto, Hélicon consulta al emperador sobre su prolongada ausencia y su fatiga, ya que antes, entre los integrantes de la guardia y la corte, se aventuraba que acaso se debía a que Caïus, como lo llamaban con familiaridad, había sido presa “de esa enfermedad a la que no escapan ni los inteligentes ni los imbélices”, el amor.

–Es que ha sido difícil de encontrar —responde el emperador.

–¿Qué, pues? —interroga Hélicon.

–Lo que yo quería.

–¿Pues qué querías?

–La Luna.

–¿Y para qué?

–Bueno, pues porque es algo que no tengo.

Calígula, siempre dando voz a las líneas de Camus, argumenta que el mundo, tal cual es, es insoportable, por eso necesita la Luna, la felicidad, la inmortalidad o cualquier cosa quizá demencial, pero que no sea de este mundo. Escuchando semejantes razonamientos, Hélicon pide al monarca que no se ofenda, pero sin duda necesita reposo. “Eso no será posible”, le responde, “porque si me duermo, ¿quién me dará la Luna?”.

En una escena posterior, un intendente se permite exponer al emperador su inquietud a propósito de la hacienda, el tesoro público. Calígula dice tener un plan sobre esta cuestión capital y explica: “Todas las personas del Imperio que dispongan de alguna fortuna, pequeña o grande, deben de forma obligatoria desheredar a sus hijos y ponerla a favor del Estado”. Frente a la sorpresa de su interlocutor, a quien le niega la palabra, continúa: “En razón de nuestras necesidades, daremos muerte a estas personas a partir del orden de una lista arbitraria y las heredaremos”.

Imperturbable, dice Camus, ante las objeciones de otro personaje, Caesonia, Calígula expresa: “Gobernar es robar, todo mundo lo sabe. Pero hay formas. Y la mía será robar abiertamente”. Y cuando el intendente le quiere hacer entrar en razón, el emperador lo ataja: “Escúchame, imbécil. Si el Tesoro tiene importancia, la vida humana no. Esto es claro”.

Caesonia le dice que no lo reconoce y el asunto debe ser una broma, pero Calígula aclara que todo se reduce a la pedagogía. “¡No es posible!”, exclama Scipion, un nuevo involucrado en la discusión, a lo que responde el emperador: “Exacto, de eso se trata, de que no es posible, o más bien, de hacer posible lo que no es”.

–Pero es un juego sin límites. Es una locura —repone Scipion.

–No. Es la virtud de un emperador. Acabo de entender por fin la utilidad del poder. Darle oportunidad a lo imposible.

Gérard Philipe, el “príncipe de los actores” que protagonizó la primera versión de esta puesta en escena y decía en uno de los parlamentos que “los hombres mueren y no son felices”, falleció a los 36 años víctima de cáncer de hígado. Camus, autor de la obra y premio Nobel de Literatura, perdió la vida en un accidente automovilístico a los 47 años.

Las situaciones, los personajes y los conceptos figuran en una obra de teatro y hacen alusión a otra época, la que va del año 37 al 41 después de Cristo, en Roma. Cualquier parecido con presidentes, gobernadores, alcaldes, caciques, delegados y otros hombres del poder actual, mexicanos o extranjeros, será, en todo caso, una mera coincidencia.

 

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