Fusilerías

Caballos inmortales

En el ícono de una de las tantas aplicaciones de la Ilíada para leer de forma electrónica figura, sobre un fondo blanco, un majestuoso corcel, a contraluz, de perfil, que eleva sus patas delanteras en una indudable posición que marca el fragor de la batalla. El cuadrúpedo gladiador, sin embargo, no representa el Caballo de Troya, la estratagema con la que Ulises ideó el final de esa guerra infinita, como la llama Alessandro Baricco, y que Epeo construyó porque, en voz de Homero, era el experto en artilugios para el combate.

Esa imagen debe ser en todo caso la de Janto o Balio, los caballos inmortales de Aquiles, que habían llevado a Patroclo a la batalla. En su versión de esta épica historia, Baricco escribe: “Cuando Patroclo cayó, Automedonte se llevó a los caballos lejos de la contienda, pensando que los pondría a buen recaudo haciéndolos galopar hasta las naves. Pero ellos, cuando estuvieron en medio de la llanura, se detuvieron, de improviso; se quedaron quietos porque su corazón estaba destrozado por la muerte de Patroclo”.

Los corceles no tenían intención alguna de regresar a los barcos y, los imagina Baricco, permanecían inmóviles, como una estela de piedra sobre la tumba de un hombre, con los hocicos rozando el suelo, y lloraban. “Ellos no habían nacido para sufrir la vejez o la muerte, ellos eran inmortales. Pero habían cabalgado al lado del hombre, y de él habían llegado a aprender el dolor: porque no hay nada sobre la faz de la tierra, nada que respire o camine, nada tan infeliz como lo es el hombre”.

Al final, continúa, bruscamente los dos caballos se lanzaron al galope, pero hacia la batalla; Automedonte intentó detenerlos, pero no había nada que hacer: echaron a corretear en medio del tumulto, como habrían hecho durante el combate y llevaron al conductor del carro hacia los guerreros y hasta el centro de la contienda, “parecía un carro enloquecido, que cruza la batalla como un viento, sin derramamiento de sangre, absurdo y maravilloso”.

Pero si estos guerreros con crin, acaso inspirados a Homero desde una dupla real, son puramente mitológicos y literarios, hay otro magnífico ejemplar recuperado por la historia, que Jacob Abbott muestra en su extraordinaria biografía novelada sobre Alejandro Magno, publicada en 1904: Bucéfalo.

Era un caballo de guerra que fue enviado como un regalo al padre del entonces adolescente Alejandro, Filipo II, quien solía ver junto con su corte la furia con que el animal se desenvolvía y nadie se atrevía a montarlo. En sentido contrario a la condena que el monarca y su corte posaban sobre el corcel, Alejandro se paró silencioso cerca de él, estudió sus movimientos y agitaciones que, detectó, iban más allá de estar en un escenario extraño, más bien denotaban temor por la espada que acompañaba a los visitantes.

Filipo había decidido ya que ese caballo era inservible y ordenó que fuera enviado de vuelta de donde vino. Su hijo lo convenció de mantenerlo y de permitirle montarlo. El rey accedió a regañadientes, cuenta Abbott, y Alejandro se posó en la bestia, que pareció responder a los modales y valor de su nuevo jinete. Cuando los nuevos compañeros volvieron de su primer recorrido, su primera aventura juntos, el monarca dijo a su heredero que merecía un reino más grande que Macedonia para gobernar.

Sobre el final de ese caballo hay dos versiones. En la primera, siempre en la versión de Abbott, con severas heridas en medio del campo de batalla, condujo a su amo hasta un lugar seguro antes de caer exhausto y morir una vez logrado su cometido. En la otra, no falleció en ese episodio, sino que vivió hasta los 30 años, edad excesiva para la especie, y el monarca macedonio lo incineró en una gran ceremonia de la que derivó la construcción de una pequeña ciudad en su honor, Alejandría Bucéfala.

Dos historias de caballos inmortales.

 

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