Fusilerías

Bustos y efigies para la basura

Acaso amparado en una añeja tradición, legada en cada generación más por el método del oído y el discurso que por una investigación o una reflexión de lecturas, el político se cree destinado a la transformación de su entorno y, con ello, con un boleto para la Historia.

Desde el más modesto alcalde hasta el más poderoso presidente ansían ver su nombre en una calle, en un parque, en una colonia y, por qué no, en un campo deportivo. Un busto prefieren otros. Una efigie, los más ambiciosos. Contados son quienes, a una propuesta en concreto de los zalameros en turno, declinan la oferta. Y como la grilla es inherente a toda convivencia social, no solo se filtra en los pasillos de los poderes políticos, sino en cualquier escenario de competencia de la vida civil. Recordará usted a Michel Platini, excepcional futbolista que rechazó dar su nombre al Estadio de Francia, inaugurado en el Mundial de 1998.

Porque los políticos creen con Thomas Carlyle (1795-1881), en su mayoría sin haberlo leído, sino por intuición que podemos llamar connatural y ribeteada por la propaganda, que están llamados a ser figuras en la Historia en tanto “biografía de grandes hombres”, junto a Alejandro Magno, Napoleón, Lenin y Churchill.

Hoy la maquinaria propagandística, apoyada quizá sin enterarse en ese principio del historiador escocés, privilegia el culto a la personalidad y una buena parte de sus productos hacen énfasis en el personaje, no en sus propuestas ni en los supuestos beneficiarios de su entrega al bienestar común: la sociedad. De ahí el éxito del Partido Verde con su temeraria campaña (acompañada de multas millonarias), que sabedor de la escasez de políticos de pesos pesados en sus filas, introduce a gente de a pie en sus promocionales.

Edward H. Carr (1892-1982) refutaba a Carlyle con el argumento de que la historia no está hecha por individuos, sino por la sociedad entera, y son esas anónimas multitudes las que constituyen una fuerza social cuya acción es el objeto de la investigación histórica.

Cuando el político llega al poder y se olvida de sus “representados”, en teoría, para gobernar para sus intereses, solo puede aspirar a una efímera placa con su nombre en alguna calle que pronto, la sociedad, echará a la basura como una estatua de Lenin.

 

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