Fusilerías

Borges en el ciberespacio

Uno de los laberintos predilectos de Jorge Luis Borges era la biblioteca, más que cualquier otro de los muchos que su ilustrada imaginación tejió. A la mayoría los tildó con nombres diversos, como El Aleph o Las ruinas circulares, dos de sus obras mayores en el género del cuento. Muerto en
1986, el autor fue impedido de conocer un fascinante mundo que mucho tiene en común con el que su erudita pluma anticipó: internet.

La red posee muchas de las claves laberínticas que Borges alucinaba en ese caudal de nombres, lugares y encuentros oníricos que su prosa y sus versos cantaban. Del relato “El milagro secreto” al “Poema de los dones”, del conjunto de Ficciones al Libro de arena, la narrativa y los endecasílabos del argentino más universal son un vértigo que arrastra al lector por estadios del sueño a la vigilia y de la presunta realidad a cosmos virtuales paralelos.

Ese ciberlaberinto, internet, que hoy todos están llamados a defender ante la primitiva estrategia de un poder que piensa en términos de la primera mitad del siglo XX, generaba sin embargo sospechas hace no mucho tiempo aun en aulas universitarias. En la presentación de la revista Fixiones en 2005, de la que tuve el privilegio de ser subdirector de Redacción, recuerdo que algunos estudiantes de mi Facultad
de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM sospechaban de las bondades de este nuevo medio de comunicación como si de la televisión de los Azcárraga se tratara. Solo respondí que era momento de que lo usaran en su favor y que, después de todo, citando a Umberto Eco, la red era la biblioteca que siempre tuvo en mente Borges.

Por estas consideraciones asombra el anuncio, el jueves pasado, de los abogados de María Kodama, la viuda heredera de Borges, de demandar a diversos sitios de internet, como Yahoo, Taringa, Twitter y Facebook, por difundir sin permiso la obra del poeta. Aseguran al diario Clarín que quisieron arreglarse con esas firmas por las buenas, pero ninguna respondió las llamadas, por lo que optaron por la vía judicial y, dudando de la imparcialidad de su país, se fueron a las oficinas del FBI en Estados Unidos. Las empresas, por supuesto, juran que no recibieron una sola advertencia.

Sin importar el tema del que trate la obra de un autor, quien sea el heredero universal tiene el derecho de exigir regalías por la obra. Pero precisamente por el contenido, por los temas que siempre obsesionaron a Borges (el sueño, los espejos, el otro, el laberinto, el mundo paralelo, el tiempo...) y su representación moderna en el ciberespacio, es que la impugnación de la señora resulta una anécdota borgesiana pura. Sí, negocios son negocios y las ficciones en este litigio son apenas mercancía con un valor perfectamente tasado. Pero es imposible dejar de lado el contexto que hace peculiar este lance a los tribunales.

Hoy es moneda corriente hallar las obras completas de varios clásicos en la red, autores que ya son patrimonio universal. En un iPhone cabe toda la bibliografía de Shakespeare y de Poe, de Victor Hugo y Baudelaire, por citar a cuatro de los máximos literatos en inglés y francés. El cibernauta puede acceder también a traducciones, todo de manera gratuita. Pero los autores contemporáneos son otro asunto. Y el más regular o limitado, si logró colarse a los sitios de venta, ahí vale más en billetes que cualquier monstruo de las letras. Otra vez, Borges puro.

Más allá del lucro evidente de los sitios de internet, lo cierto es que dan una difusión inusitada a la obra de un autor. Dudo que antes se haya leído tanto a Borges, dudo que antes se conociera tanto de él. Hoy ha dejado de ser solo un autor de culto para abarcar a un público que se encuentra con él en las redes sociales, quizá junto a chistes y fotos de estrellas del porno, dependiendo del TL particular, pero lanzando sus citas y versos en esta ecléctica matrix. Twitter tiene varias cuentas con fragmentos de obra y Facebook páginas dedicadas al poeta. Y una certeza sí queda: el fomento a la lectura cuenta con más éxito por la cibercarretera que con leyes como la fallida del precio único del libro, fracaso que solo beneficia a empresas cuyo giro no es el editorial en exclusiva.

Los lectores que por la edad somos migrantes, no nativos, de la era digital, seguiremos leyendo a Borges en papel y acaso de forma fortuita repasemos algún verso mayor en los 140 caracteres. Pero es deseable que la viuda llegue a un acuerdo con los poderosos sitios de internet, porque nunca es suficiente cuando de fomentar la lectura se trata y menos si el escritor es aquel del que Mauriac dijo en la medianía del siglo pasado: “Los franceses seguimos rumiando en los establos del naturalismo cuando en América Latina ya existe Borges”.

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