Fusilerías

Ayotzinapa: la fiesta y la cruda

Una mujer tuvo mucho que ver con el inicio de la Revolución francesa. Luis XVI tenía 19 años cuando tomó el poder y, como dice el historiador Georges Lefebvre, nada se le había enseñado de su oficio de rey. La reina María Antonieta, en tanto, seductora e imperiosa, fue una influencia decisiva. “Incapaz de dedicación y entregada por completo al placer, pródiga y ansiosa de satisfacer a sus amigos y compañeros de francachela, se hizo culpable de despilfarro y con sus intervenciones agravó la inestabilidad gubernamental.”

De ninguna manera vaya a interpretarse, por favor, que en estas líneas se quiera ver a una mujer como la responsable de todos los acontecimientos nacionales e internacionales que derivaron de su conducta, porque al fin y al cabo el poder lo tenía el marido, “un hombre gordo, de aspecto vulgar, de apetito insaciable, cazador infatigable y aficionado a los trabajos manuales, a quien la danza y el juego aburrían, por lo que pronto se convirtió en el hazmerreír de la corte”.

El pasaje del primer capítulo del libro La Revolución francesa y el imperio (FCE, Breviarios, 2004) vino a la memoria cuando se destapó el escándalo y posterior tragedia de Ayotzinapa, ahora un suceso de alcance internacional, después de que el alcalde de Iguala ordenó a su jefe de policía encargarse, por orden de su esposa, de los estudiantes de una normal con el único fin de evitar inconvenientes a una fiesta familiar.

Las líneas comunicantes se basan en que en ambos casos se trata de dos figuras de gobierno indebidamente compartido, con indudable influencia de la esposa y escasa, si no es que nula, competencia del marido para conducirse por los caminos a los que estaban llamados. La trama se complica aquí porque la pareja en cuestión está formada por dos pillos vinculados al crimen que lograron escalar en la vida política de Guerrero y su ascenso amenazaba con alcanzar niveles aún insospechados.

Las primeras entrevistas que dio el alcalde José Luis Abarca, dos días después de que se conoció una serie de balaceras en las que varios muchachos perdieron la vida, más la denuncia de la desaparición de 43, retrataban al munícipe a detalle. Su respuesta a cada pregunta era la misma, dada con insólita tranquilidad: “Yo no supe nada; yo estaba en una fiesta”. Después él y la mujer, cuyos parientes cercanos son líderes del grupo criminal Guerreros Unidos, se fugaron y hasta ahora nadie sabe de su paradero. Pero tampoco se conoce dónde están los jóvenes.

Las cuatro semanas que han pasado desde entonces se convirtieron en un reclamo en espiral ascendente no solo por la presentación con vida de los manifestantes, sino por la renuncia primero del alcalde, después del gobernador y, en ese otro universo que son las redes sociales, incluso del Presidente. Ante la falta de respuesta de Ángel Aguirre a la crisis y el descabellado apoyo que le dio el PRD nacional, los más de 20 días transcurridos fueron un espacio ideal para que el asunto se le fuera de las manos a todos, incluido el gobierno federal, porque ahora ya la exigencia no solo está en las calles de Iguala o de la capital mexicana, sino que se extendió a otros países y a organismos internacionales.

El golpe, que acaso pudo haberse derivado solo por las veleidades de una criminal, consorte de un alcalde delincuente, alcanzó ya niveles en los que era insostenible la permanencia de Aguirre en la casa de gobierno guerrerense, pero llega más allá: obligó al Presidente a salir durante más de una semana a hablar de investigación exhaustiva, de no a la impunidad, de castigo ejemplar, de respeto a los derechos humanos. El tema de la violencia es lo de hoy.

Hace tres semanas el discurso oficial estaba enfocado a las reformas. Hoy, fantasma al que huía Enrique Peña, el asunto es de nuevo la sangre. Estos días, invitado como orador en los trabajos de la Sociedad Interamericana de Prensa en Chile, el fusilero solo escuchó preguntas de los colegas a propósito de la violencia. El programa 24 Horas de la televisión chilena dedicó 15 minutos al caso de los desaparecidos y los estudiantes de la Universidad Adolfo Ibáñez preguntaban al columnista sobre el particular.

Carlos Salinas, que también dedicaba sus discursos al México de modernidad que estaba en el horizonte, al TLC, fue sacudido por los asesinatos de políticos y por la irrupción del Ejército Zapatista. El discurso de prosperidad se fue al olvido y hoy el universo de las reformas parece entrar en esa dinámica. Todo quizá solo por la criminal complacencia de un alcalde asesino a su despiadada consorte. De la fiesta a la cruda.

 

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