Fusilerías

Animales y literatura: tres viñetas

Truman Capote fue el amo de la disección de la fauna social que temporalmente le tocó en suerte, pero a lo largo de su obra acaso sea el compendio de cuentos, Música para camaleones (1975), el volumen más acabado en ese terreno. José Emilio Pacheco decía que ese libro era para la literatura el equivalente de A sangre fría (1965) en el periodismo, si bien el narrador estadunidense entreteje en estos textos ambas disciplinas con personajes y situaciones reales aderezados con toques maestros de ficción.

Es sin embargo una fauna perteneciente a la familia de reptiles escamosos la que da parte del título al relato y al libro en su conjunto. Es una charla con una aristócrata de la Martinica que vive en Fort de France, pero también tiene un piso en París. Beben té de menta mientras, en la terraza se pasea un grupo de camaleones. “¡Qué extraordinarias criaturas!”, expresa la espigada mujer, septuagenaria, cabellos plateados, ni negra ni blanca, dice Capote.

–¿Sabía usted que les gusta la música? —pregunta la mujer, quien entra al salón y comienza a tocar en su piano una sonata de Mozart. Los camaleones se amontonan, dos docenas, la mayoría verdes, pero los hay de muchos colores, correteando por el piso, “un auditorio sensible, absorto en la música que suena”. Hasta que la dama se levanta, zapatea y los pequeños reptiles salen disparados como una estrella que explota.

La audiencia, alineada como si de un pentagrama con notas musicales se tratara, forma un mosaico mozarteano.

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Noticia de especies animales atraídas por el arte u otras expresiones humanas hay también en un texto de Alfonso Reyes, en un ensayo titulado “De la lengua vulgar” (1921), en el que el erudito regiomontano relata un encuentro con quien llama su maestro y padre de estudios Fulgencio Planciades, a quien consulta:

—¿Y la filología enseña todo eso que usted me ha dicho?

—Sí, y enseña, además, a tener respeto por las abejas.

“Como evocadas, escurriéndose por los resquicios de las mal cerradas vidrieras, tres abejas habían subido a la biblioteca, desde el jardín.

“—Hijo —continuó mi buen maestro—, cada vez que se nombra a Platón llegan las abejas”.

La conversación, confiesa Reyes, se iba haciendo fantástica, y él, por el miedo que tienen al misterio los pobres hombres, se apresuró a concretarla.

Así, en la defensa del vulgo, que ante todo es “alambicado” y “gusta como de adornar las cosas y alargarlas”, el maestro de Reyes borda sobre un tema que nos lleva a otra especie, el gallo:

Los de habla española, dice, oímos que los gallos cantan algo semejante a “qui-qui-ri-quí”. Los franceses oyen “co-co-ri-có”. Los turcos cantan “cú-cú-rú-cú” y los alemanes “tiotio, tiotio tio tinx”. Esto pasa, dice Planciades a Reyes, porque cada pueblo oye con diverso matiz el mismo ruido fundamental.

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Es de sobra conocido el tema de las mariposas en la obra de Gabriel García Márquez, pero otro distinguido con el Premio Nobel, Juan Ramón Jiménez, también las evoca en diversos momentos de su literatura, en verso y prosa, de la que hoy elegimos este fragmento relativo a la muerte de Platero (1914), “ese pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera, que se diría de algodón, que no lleva huesos (…) que tiene acero y plata de luna al mismo tiempo”.

El autor ha ido con unos niños a visitar la sepultura del burro:

“—¡Platero, amigo! —le dije yo a la tierra—; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizás, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?

“Y, cual contestando a mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio…”

 

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