Fusilerías

Los pasones de los nazis

Es agosto de 1941 en la Guarida del Lobo, cuartel general nazi en la oscura selva de la Prusia oriental (hoy Polonia), donde el paciente A sufre disentería, fiebre, inflamación intestinal. Por su cargo, urge que el enfermo se recupere. Así que el médico echa mano de un peculiar coctel: trozos de corazón, de hígado y de páncreas de cerdo, enriquecidos con estrógenos y hormonas sintéticas, todo preparado, obviamente, en pésimas condiciones higiénicas. Sin embargo, el compuesto funciona y Adolf Hitler se levanta de la cama para lanzar, con todo vigor, la marcha hacia Moscú.

La pócima contiene cada vez más sustancias y el paciente pasa de forma progresiva al consumo del Eukodal, un fuerte opiáceo más potente que la morfina y la heroína, suministrado por el médico personal del führer, Theodor Gilbert Morell, cuyos registros encontró el escritor Norman Ohler (1970) en archivos alemanes y estadunidenses, al embarcarse en una investigación en Berlín, Washington y Maryland, a partir de que uno de sus amigos, un dj, le contó que los soldados nazis se atascaban de droga.

La indagación concluyó en forma de libro, Der totale Rausch (El éxtasis total, juego de palabras alemán con la frase de Joseph Goebbels sobre La guerra total), que la edición italiana tituló como El arma secreta del Reich: la droga en la Alemania nazi, del que ofrece una reseña Mirella Serri en la edición de La Stampa del 18 de octubre pasado, en la que recoge fragmentos de cómo el poderoso ejército de Hitler conquistó Polonia en 1939 y avanzó a Francia en 1940 no gracias al superhombre germano, sino a la multiplicación de la metanfetamina Pervitin entre sus tropas, hoy también conocida como crystal, con la que experimentaron los escritores Heinrich Böll, Gottfried Benn, Klaus Mann y Walter Benjamin.

La mágica píldora distribuida de forma masiva permitía a los soldados desplazarse en el frente de guerra cuatro días con sus noches sin comer ni dormir y representó la primera vez que un ejército acudía a una droga química, con tal éxito que en una sola jornada se producían 833 mil pastillas, que subió a cuatro millones en 1944, cuando había que abastecer no solo a la milicia terrestre, sino a marinos y pilotos por igual.

Sin embargo, el Pervitin, como todo estupefaciente, acarrea severos daños a la salud, que comenzaron a manifestarse en las campañas en Rusia y África, con episodios de psicosis y pérdida de la fuerza. Hitler no fue ajeno a los efectos de las 150 pastillas que se metía a la semana más ocho o diez inyecciones de Eukodal, además del consumo de cocaína después del fallido atentado con bomba que le perforó un tímpano.

En una entrevista con DW, Ohler asegura que nadie sabía en Alemania sobre los pasones de Hitler, pues el doctor Morell nunca reveló este secreto de dos hombres, si bien dejó todo debidamente documentado. Dice también que si los nazis consumían crystal, los británicos se metían speed y los estadunidenses recibieron metanfetaminas a su paso por Gran Bretaña para aguantar el ritmo vertiginoso de los enloquecidos soldados alemanes.

“El LSD, de hecho, fue inventado por un químico suizo y la inteligencia estadunidense intentó utilizarlo, también basándose en los experimentos alemanes en el campo de concentración de Dachau. Allí un médico llamado Plötner usó mescalina para desarrollar nuevas técnicas de interrogatorios. Cuando los estadunidenses liberaron el campo de concentración, cogieron estos estudios y los utilizaron en el Proyecto Artichoke, de la CIA, para aplicarlos en la década de los cincuenta en desenmascarar a los agentes soviéticos”, dice el escritor a DW en la charla del 20 de septiembre.

—¿Cuál fue la mayor sorpresa de su investigación de cinco años? —le pregunta DW.

—El abuso de las drogas por parte de Hitler.

www.twitter.com/acvilleda