Fusilerías

De Alejandro Magno al "Señor de los Cielos"

La identificación de los restos de Filipo II, el monarca macedonio unificador de la Grecia del siglo IV antes de Cristo, resolvió una polémica de decenios sobre las tumbas reales del yacimiento de Egas, más aún la llamada 2, atribuida al rey por la riqueza del ajuar hallado en 1978. Sin embargo, los esqueletos del entierro 1 coinciden con los textos históricos en cuanto a que son tres cuerpos, y sus edades se ajustan con las del papá de Alejandro Magno, la segunda esposa de aquél, Cleopatra, y su bebé, los dos últimos asesinados por órdenes de Olimpia.

La austeridad de la tumba 1, que confundió a arqueólogos por 40 años, se debe al saqueo, pero los restos del monarca permiten identificar una herida clave en una pierna, que la historia ha conservado y hoy permite conectar, más de 23 siglos después. El hallazgo, empero, también ha revivido la polémica por la muerte de Filipo II, y vuelve a apuntar sobre Alejandro, quien sucedió en el poder a su padre, pese a las disputas que mantenían en el momento del crimen, y a la madre del joven, Olimpia, como lo quiso ver Oliver Stone en su filme.

El historiador Jacob Abbott ha desmontado esa teoría en su espléndida obra Alexander The Great, en la que hace énfasis en un punto delicado y determinante a propósito del asesinato. Demóstenes, el orador tartamudo, enemigo a muerte del monarca, anunció el crimen, pero a miles de kilómetros de los hechos, en Atenas, mientras lanzaba una de sus filípicas, discursos contra el padre de Alejandro. Cuando el político fue interrogado sobre cómo pudo enterarse del homicidio a tal distancia y no ser parte de él, respondió que los dioses se lo dijeron. Nadie dudó de tan sólida coartada.

Pese al suculento platillo que por siglos ha representado este episodio, las miradas siguen apuntando a Olimpia y a Alejandro, aun en obras de ficción, como la película de Stone.

Porque cuando de conspiraciones, complots y acciones concertadas se trata, los “expertos” surgen de todos lados. Y bueno, para eso están las obras de ficción. Si usted ha tenido oportunidad de ver la serie televisiva El Señor de los Cielos (Telemundo), ganadora del Premio Emmy y a punto de estrenar su tercera temporada, basada en el capo Amado Carrillo, sabrá que basta torcer un poco los hechos y darles una salida que no necesita pruebas ni corroboraciones de ningún tipo para dar “luz”, en este caso, a los crímenes de los años 90.

En esa serie usted puede enterarse de quién mató al cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, al candidato Luis Donaldo Colosio y al comediante Paco Stanley, quienes aparecen con otros nombres, pero con un perfil correspondiente sin duda. De hecho, salvo el narco colombiano Pablo Escobar Gaviria, todos los personajes son rebautizados, pero figuran Carlos y Raúl Salinas, el general Gutiérrez Rebollo, El Chapo Guzmán, Manuel Muñoz Rocha, Mario Bezares, Mario Aburto, los Arellano Félix, Ernesto Zedillo, Vicente Carrillo, Juan José Esparragoza El Azul, El Pozolero y otros rostros que el espectador identifica con facilidad.

Por eso sorprende que habiendo una gran historia de complot, con los textos disponibles a la fecha, Demóstenes pase casi inadvertido para la ficción como parte del crimen de Filipo II y que los dedos sigan señalando a lo largo de los siglos a Olimpia, quien sí ordenó la muerte de Cleopatra y su bebé para asegurar el trono a Alejandro, tras la ejecución del monarca macedonio, y al propio conquistador de Asia, cuya tumba, por cierto, es un misterio todavía. Si hubo intriga, hasta Aristóteles, maestro del joven guerrero, puede figurar en la trama, una vez que se conserva su declaración tras los hechos.

La ficción se puede permitir eso y más. La historia, el periodismo y la ciencia, jamás.

 

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