Fusilerías

Adoración al diablo

Lovecraftian es una palabra que no aparece en el Diccionario Oxford del Inglés, pero que algunos lectores identifican bien. Implica, dice M. J. Elliott, un tipo específico de relato natural, de antiguos horrores imaginados en las regiones más oscuras del subconsciente, a partir de la obra del autor estadunidense Howard Phillips Lovecraft, muerto a los 47 sin haber salido nunca de su patria ni ver publicado el recuento de su obra.

Después de todo, el lector asiduo del género hallará su lugar en algún relato del mundo Lovecraft. No como aquel actor de segunda, George Zucco, que llegó a un asilo en 1960 jurando que era acosado por el Gran Dios Cthulhu, pero sí encontrará ligas, ecos y atisbos, quizá hasta guiños, de estos personajes nocturnos de
cualquier tiempo.

La fascinación por una autoridad del mal, del terror, el Diablo digamos, en todas sus representaciones, está vigente. Chuck Palahniuk traza una interesante genealogía del personaje en algún capítulo de Condenada, recordando el nombre que diversas civilizaciones le han dado desde que existen registros históricos.

Hoy es común el nombre no solo en el habla cotidiana, en el lenguaje coloquial. Nada más natural que “vete al diablo” o “eres una diablilla”. Aquí y en China, donde abundan las entradas custodiadas por dos esculturas de leones, vigilantes prestos a atacar al eventual demonio que ose irrumpir en una morada.

La cultura popular es un adoratorio. En cuanto al rock, no se diga. Van Halen canta “Running with the Devil” e INXS “Devil Inside”; los Rolling Stones “Sympathy for the Devil” y Deep Purple “Demon’s Eye”; Elvis “You’re the Devil in Disguise” y Joe Satriani “Devil’s Slide”. Por no hablar, en temática, de buena parte de solistas y agrupaciones de heavy metal en los 80, entre los que figuran Ronnie James Dio (“Evil Eyes”) y Iron Maiden (“The Number of the Beast”).

El Diablo es también un personaje asiduo en la literatura y no pocas veces se asoma en la actualidad. Si García Márquez lo hace hablar al oído de una buena persona en El amor en los tiempos del cólera, Mo Yan lo ve en una abuela, que era un tercio demonio y dos mujer, en su novela Sorgo rojo. Ya en “Las bodas del cielo y el infierno”, William Blake hacía un oportuno acercamiento al asunto.

Blake, con la voz del demonio, asegura que el Arcángel original, poseedor del mando sobre las huestes divinas, es llamado Diablo o Satanás, y sus hijos son llamados Pecado y Muerte. Y enlista también una serie de “proverbios del infierno” que hoy son citas obligadas de un lector del poeta: “La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría”, “Quien desea y no actúa engendra la plaga”, “Del agua estancada espera veneno”…

Un demonio, acaso un doble infernal, es “El Horla” de Maupassant; un diabólico felino doméstico, quizá el propio subconsciente del personaje, es “El gato negro”, de Edgar Allan Poe; un ser de tinieblas, por cierto, “El hombre de arena”, de Hoffmann. De ultratumba emerge “La muerte enamorada”, de Gautier, y de agua pestilente “Dagón”, el monstruo filisteo con el que volvemos a Lovecraft.

El fusilero ignora qué tanto se lee hoy a Lovecraft, quizá olvidado injustamente en esas oscuridades sobre las que su pluma tejió un mundo. Sin duda son más conocidos los relatos de terror de un paisano suyo, Stephen King. Pero si aquél bebía de Conan Doyle y Poe, hoy es sin duda referencia obligada para todo lector y autor del género que, como Michael Hutchence, el suicida cantante de INXS, se sienta con el Diablo adentro.

 

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