Tabula rasa

Yo también puedo ser racista, hijosdeputa

Llegué temprano a Juárez porque no quería estar ahí sin saber bien a bien qué en una ciudad tan protagónica, tan ríos de sangre y todo como sale en las noticias. Tanta sangre ahí, desde hace tanto. Miré sólo lo que el camión me dejó ver en el trayecto del aeropuerto al cruce. "Ofrecemos vigilancia razonable", se leía en un letrero a la entrada de un estacionamiento.

Como diciendo: Sí, le cuidamos su carro, pero no al grado de aguantar balazos.

O bien: Sí, lo cuidamos, nadie le robará las llantas, nadie se llevará su estéreo ni sus espejos. Pero si alguien viene y dice Me lo llevo, se lo damos. Vigilancia razonable. Como las pólizas de seguro. Le cuidamos la espalda hasta cierto punto, después usted está por su cuenta.

Hice el recorrido del aeropuerto a la frontera con un amigo español clavado en la poética cognitiva, una rama del conocimiento muy poco explorada por estos lares. No conozco a nadie, de hecho, que aplique los principios de la neurolingüística al análisis literario. De locos, pues. En la ventanilla me toca un mexicano. Esa línea que divide un lado del otro se pone más cabrona cuando por afuera todos somos iguales, pero alguna circunstancia, un papel dice lo contrario. Obviamente dijo No, regrese al consulado. Nomás así, por sus güevos mexicanos. Por sus güevos mexicanos con green card. Pregúntenme cómo le fue a mi amigo español. Genial, claro. Crucé. Me encontré con Marco al otro lado del puente. No nos conocíamos, apenas habíamos intercambiado un par de mensajes, pero luego luego tiró paro.

Me quedé en su casa. Vive con un par de poetas peruanos. Casa de Poetas. Chingón. Más tarde, luego de comer por un dólar en un centro de caridad bautista, volví al cruce para ver si corría con mejor suerte. Ahora me tocó una chica. Mexicana. Comprendió mejor de qué se trataba eso. Me otorgó el pase de internamiento. Te lo pedirán en el aeropuerto, dijo. Son seis dólares. Por sus güevos, por sus gringos güevos nos hicieron esperar dos horas. Dos horas porque no había cajero. Nueve putas ventanillas se alienan limpísimas y vacías.

Tres agentes se turnan para atender una sola de ellas. Finalmente, por fin aparece otra chica de español perfecto. Pago. La chica que me cobra pregunta: ¿por qué tanto tiempo?, ¿quién te paga este viaje? Ya le dije a tu compañera. No, esto está mal. Y se va. Regresa para decir que ella no me hubiera otorgado el pase. Y sella el comprobante de pago de mala gana.

Paso el laberinto de cinta para llegar con el agente que te checa la visa. Gringo, ese sí. Güero tipo coach del Tec. Pregunta

¿Quién le dió el pase? Su colega de allá.

Lo tiene con usted. Sí, me lo acaban de dar. Espere. Abandona su sitio. Vuelve.

Acompáñeme. En la madre. Me conduce por un pasillo. Justo ahí basculean a un hombre y le botan un carrujo de entre las calcetas. El acabose. Obviamente me pongo más nervioso. Al entrar al cuarto, me ordena poner las manos en la cabeza. Revisa mis bolsillos. ¿Qué tienes ahí?, pregunta. Ya había estado en esa situación: una orden estúpida de un policía estúpido. Obedece y no hagas nada más. Y cometí el error: baje la mano para palpar mi bolsillo derecho. ¡Manos a la cabeza!, gruñe y dobla mi muñeca para volverla a mi nuca. Hijo de puta.

Me señala el tercer asiento en una fila de sillas. A mi lado izquierdo, un hindú.

A mi lado derecho, un güero atascado de tatuajes. Alguien debería escribirnos un chiste.

@jalfvalba2