Tabula rasa

"Aquí lo que leeré próximamente en público, una adaptación del cuaderno de Dobais Villafana":

Discurso

Debería escribir en una cantina, con una cerveza al lado y una chica aburrida revisando las actualizaciones de sus redes sociales en la pantalla de un celular –tal vez encuentre ahí la portada de un libro nuevo y le den ganas de leerlo y me cambie por un autor que polemiza lo impolemizable–. Debería inventar terminajos y hacerme pasar por alguien que sabe lo que no: montarme en el tren de la sapiencia a oídas en los fundamentos del mundo y negar así cualquier cosa no avalada por el eco milenario de las teorías irrebatibles: volverme ajonjolí de todos los moles. Decir aquí estando allá. Ubicuidad pura, papá, y rematar mis frases en el idioma de otro mundo porque YOLO, SWAG, high level shit, amigous. Aprender de la retórica hiperquinética-multisensorial del nuevo milenio y sumarme a la marea onanista de la autopromoción digital: ¡venid, súbditos!, ¡atended mi llamado!, y recitar en voz baja mi absurda creación avalada por el estado y la beca millonaria (¡oh ilusión de los pobres!) que envidio. El talento es lo de menos, caray: mejor nacer crecido, con pelos y todo. Y decir lo que espera la ola alternativa: desenterrar la curiosidad del pasado, elevar (irónica o en serio, es de viejos discutir esa frontera) lo más raspa para volverlo motivo literario (como si eso de veras fuera lo más), en pos de una chica de buen trasero o de ser original porque seré el primero en proponer lo mismo que hicieron todos los que quisieron romper las reglas: renegar esto, amar lo otro, da lo mismo siempre y cuando se alinee con el espíritu contradictorio del siglo. Afortunadamente no fui una joven promesa: no dirán “tan bueno que era y ve en lo que se ha convertido”: yo ya vine echado a perder. O eso quiero creer. Porque siempre es mejor nacer de la inmundicia o volver a ella cada tanto. Tumbar estatuas para posar sobre sus ruinas: construir nuevas en la ilusión del nuevo milenio y su absoluto desinterés, a modo, en todo. El mundo, la guerra, el hambre. Los perros callejeros, el tofu y los pandas. Indígenas, lucha libre, teorías de la conspiración. Ciencia –¡oh ciencia cuánto te amamos! – saberte para negarte porque nadie entiende el auténtico secreto, porque Dawkins y Gould no van en el mismo saco. Y por poco e inútil que sea lo que yo sí y el resto no, elevarlo hasta hacerlo sublime: y qué si no la evolución tal monstruo o aquella perspectiva teórica que nos dice que tenemos miedo porque no sabemos nadar en lo líquido del mundo, si sé los secretos absolutos del jazz y las cosas de los que murieron antes que mis padres. Ironizar el mundo es la marca: renegar y regatearle todo a todos. Tumbar los ídolos de antes y erigir los propios del instante. De lo poquito hacerlo todo: como dioses; nomás por renegar y hacer mugir sagradamente a quienes se lo creyeron antes que uno.

Debería escribir para mí, dedicar la cosa a gente famosa e irme a dormir con la certeza de que no cambiaré al mundo y qué diablos si la paso bien y los amigos me aplauden. Debería salir, fumar en público. Decir que no me importa su opinión, pero magnificar mi mensaje para alcanzar mayor público, y luego afirmar que la primera edición de Rimbaud fue mínima y nunca quiso saltar a la fama, en realidad. Negar mi juventud y acusar lo anquilosado de un sistema controlado por exitosos wannabes encerrados en un círculo de autoafirmación intelectual. Nada nuevo bajo el sol, sólo el brillo de mi piel expuesta a los reflectores de una fama que no sé bien si sí o si no. Negarlos, malditos, a todos, y hacer lo mismo que ustedes hace diez años: nomás que en la red para que no se note el ciclo, la vuelta al origen que niego. Ahí está, listo. Sostenerme en la tumba de los muertos. Ver, callar y a escondidas decir que no le debo nada a nadie.

Comprar carros usados para criticar el consumismo, celebrar lo retro y criticar a los antiguos dueños. Todo de una sola pedrada, pow.


@jalfvalba2