Tabula rasa

Soy lo prohibido

I

Supongamos que ahora me da por escribir, en un inofensivo y absolutamente inocente ejercicio de ficción, sólo frases prohibidas. O censurables. Incorrectas para El Poder. ¿Qu(i)é(n) es El Poder?, no nos preocupemos por definirlo, lo sabemos: Ellos. Los Otros. Entonces pongamos que ahora me da por pensar una estrategia de Indisciplina: un mecanismo para “alborotar” al Poderoso. Antes del ejercicio hay que aclarar algo: sabemos que el Poder tiene como Única Misión el hacerse engrane de una maquinaria superior. ¿Cómo?, fácil: si usted tiene, por ejemplo, el poder de decidir por sus empleados (o sea, que puede coaccionarlos para que voten por tal o cual, o veladamente obligarlos a que asistan a este u otro lugar), instintiva y naturalmente buscará que ese poder encaje en una estructura superior: no hará Lo Correcto en términos éticos o morales, no: hará que ese poder rinda frutos. Que su poder prospere en beneficio de un orden superior al cual está usted atado. Buscará beneficio, evidentemente. Así es el Poder y no podemos escapar a su delicada mecánica. Si usted es iniciado en el Magnífico Mundo de los Poderosos, su ejercicio sobre los subalternos siempre será a merced de Otro. ¿Por qué?, ya lo dije: el Poder, por mínimo que sea, siempre busca engranarse en una máquina más grande. La Máquina. Con Mayúsculas. Así.

II

Luego de esta aclaración, volvamos al ejercicio.

Presumamos que, sin intención de ejercerlo, escribo, en secreto, un detallado plan para asesinarlos. A Ellos, los Poderosos. Un mensaje bien diseñado y, claro, plausible, para que cada uno de nosotros, los Resentidos, mate a uno de Ellos. Un Plan Impecablemente Redactado, con instrucciones tan sencillas que cualquiera pueda hacerlo: Usted, La Señora de la Tienda, el Panadero, El Vieneviene del Mercado. Imaginemos que lo distribuyo ahí donde se supone que el Poder no debe vigilar: en Privado. El Plan Perfecto. Infalible por violento, pero sumamente fácil de ejecutarse. Un documento con la capacidad de convertirnos a todos en potenciales asesinos de Poderosos. Que demuestre, mediante Argumentos Irrefutables, lo poco que Nuestra Sangre vale para Ellos. La nada que Nuestro Sudor les importa. Un texto sencillo que haga germinar en su interior la semilla del odio, y que termine convenciéndolo que usted tiene la Obligación de Asesinar.

III

Usted, hasta ahora, no lo ha leído, pero sabe (de verdad Lo Sabe: de pronto la intuición se le ha desbordado hasta ser la más prístina certeza) que cuando parpadee la luz que anuncia un Mensaje Nuevo y se entere de que es El Plan Perfecto, lo leerá y, sin dudarlo, lo llevará a cabo: asesinará a uno de Ellos. No importa su formación, nivel educativo ni instrucción moral: luego de leer el Plan Perfecto, usted se convertirá en un Asesino. Y después del alivio experimentado y la liviana sensación de haber librado al mundo de algún mal, querrá distribuirlo, compartirlo: escribirá, tras una profunda reflexión, la lista de reenvío. Y no tendrá remordimiento alguno. Habrá hecho lo correcto.

IV

El Mensaje es infalible.

No lo busque: llegará a usted.

Tarde o temprano, Usted Asesinará a uno de Ellos.

V

El mensaje ha sido enviado. Ellos lo saben.

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