Tabula rasa

Dos patéticas formas de autoafirmación intelectual

I

La autoafirmación no es otra cosa más que la seguridad en sí mismo, la defensa de la propia personalidad (RAE.es), un estilo de reforzamiento psicológico de las propias ideas, poderes y habilidades (WordReference.com). Decirse a sí mismo: soy esto, o lo otro, y de verdad creerlo: volverse esto o lo otro. Afirmar profundamente para que algo del deseo interior aflore. Forma elegante del yo pienso positivo, aunque esa buena vibra es puro ardid de los bienintencionados. Porque también existe, supongo, la posibilidad de una autoafirmación “negativa”, como la de quienes se afirman en la pura maldad y lo refuerzan mediante el metal y su parafernalia escandinava, la adhesión ideológica al panteón nórdico, los estoperoles y las modificaciones corporales. Autoafirmarse es, en el peor de los casos, hacer las cosas “correctas” para terminar creyendo que es posible lo que queremos o pensamos ser. Generar el poder de creer que lo que somos (o creemos ser) es real, por muy irreal que parezca. El cine infantil nos ha enseñado bastante al respecto: ¿cómo podría un avión fumigador ganar una carrera contra uno diseñado para ser veloz?, mediante la autoafirmación positiva, según Disney y su política del if you can dream it, you can do it.

II

Una de las formas más patéticas de autoafirmación intelectual (o para intelectuales, mejor), es el, diremos, efecto satelital del verdadero talento, es decir, el afirmar la inteligencia o el talento propios mediante los ajenos. Se trata del “soy amigo de tal”, “yo conocí a ése en 199…”, “fue mi maestro en la universidad”, “solíamos emborracharnos hace años”, y mi favorito: “soy asistente de… gloria del siglo pasado”. Justificar las ideas y poderes propios a través de las relaciones entabladas con los talentos indiscutibles. Como si el hecho de vivir voluntariamente a la sombra de otros granjeara directamente en los procesos propios. Como si leer de cerca la obra de los grandes tuviera el poder de perfeccionar argumentos y versos de otros. Y soltarlo a la primera provocación. No abordar las obras ni las ideas: reducir todo a la experiencia personal, y por lo tanto reveladora, del encuentro, la charla de café: la minucia de las personalidades. Haber conocido a Paz (por ejemplo), y revelarlo como si eso fuera importante. Es más, creer que lo fue. Autoafirmación que consiste en ir por el mundo con la insignia intelectual que brilla sólo con las palabras de terceros. Es como cuando le damos al hermano menor, casi bebé, el control del videojuego, pero desconectado: él cree que está jugando. Ternurita.

II

La segunda forma a la que me refiero en el título del presente es aún más triste (desde mi perspectiva) que la antes expuesta: la autoafirmación mediante la denostación del talento ajeno. El ataque sistemático de la inteligencia que vincula y forma, para bien o para mal, queramos o no. Y no es que sostenga lo monolítico de la tradición, o el carácter indiscutible de lo que está en boca de todos. No. A lo que me refiero es al método, a la forma en que se ataca sistemáticamente todo lo que alcanza el mainstream. Hablo de la crítica que busca el reflector apuntado hacia el éxito, la muerte o el homenaje ajenos. Fuentes se muere y me refiero a los que aprovechan el suceso para emitir su insignificante opinión acerca de lo groseramente condescendiente de su última producción, por ejemplo. Pura alevosía. Mala leche en busca del escenario. Denostar, usualmente sin argumentos anclados en una tradición crítica concreta (es decir, puro impresionismo), el éxito o encumbramiento del éxito ajeno. Golpear las estatuas de Rulfo, o Cortázar o Borges como ejercicio intelectual. Encontrar el “error” en la ejecución de la orquesta sin saber bien a bien, nomás por joder, pues. O recurrir al wikipedismo, siempre a mano para alcanzar el dato en su justa medida chingativa.

Sin saber medir un verso o definir una metáfora, pregonar el asco de la poética de Arjona. Así de triste, pues.

@jalfvalba2