Tabula rasa

La muerte

…a propósito de la fecha y

de que un error –ajeno por

completo al ejercicio literario–

provocó que lo devolvieran a

 la editora y sabrá dios cuándo

lo regresen corregido, aquí les

dejo un cuento de mi libro Teoría

de la precipitación (CECULTAH,

2013). Paz.

Uno: miedo

Yo creo que aquí es el interior de la pupila de la muerte. Salvador

Elizondo

Despertó y sintió cómo la muerte lo empezaba a cercar. Se levantó y vio al ángel nuevo que flotaba muerto dentro de la pecera. Sabrá dios cuánto viven esos peces, pero dos semanas es muy poco. Entonces sintió el frío paso de la muerte por la habitación. La vio caminar entre la mesa de centro y el sillón de lectura. La vio sentarse y clavar fijamente su mirada en el agua.

A partir del ángel, como si hubiera cruzado miradas con todos, cada muerto del periódico le parecía cercano. El derrumbe sucedió la noche en que caminó hasta la tienda, compró cigarrillos y mientras fumaba sentado en una jardinera, su vecino cruzó la calle sin la debida precaución. Tal vez el chofer no vio al anciano: siempre de negro, siempre de luto desde la muerte de su esposa. Ya luego los gritos, el reconocimiento. Las maldiciones, las lágrimas. Su rostro rojo amarillo, el cigarro emitiendo una luz tenue. No era tanto el ver morir a alguien: sucedió frente a sus ojos. La muerte estaba cerca, avisándole que debía prepararse. Sintió un deseo incontrolable de escuchar a su bisabuela, de verla. Cerciorarse de que todo estaba en orden con los suyos. Llamó a sus padres. Lo escucharon perturbado. El trabajo, ya saben. Pretexto infalible. ¿Todo bien? Sí, claro. Tu madre con esa tos que no la deja apenas baja la temperatura, pero nada de qué preocuparse. ¿Y Yago? También, increíble que a su edad aún ande de galán con la perrita de la vecina. El veterinario dice que está de récord. Sí, claro yo te lo saludo. ¿Cuándo te darás una vuelta por acá? Sólo quería saber si todos estaban bien. La voz, ya vieja, de su padre, siempre lo llevaba al mismo lugar: un sábado, hace tanto, frente al mar. El señor hablaba de lo mal que se portaba Yago, un maltés de más de quince años, y él no hacía más que emitir automáticos ajás, cuando en realidad su mente ya se encontraba en otro lado. La escena: él y su padre, de la mano, frente al mar. El sol en el cénit y su padre diciéndole, calmado: no temas, nunca le temas…

Colgaron. En la habitación quedaron flotando la voz de su padre y la luz del Puerto, tan claras como hace veinte años.

No pudo dormir. Soñó a su bisabuela caer de una cama enorme. Luego la recibía el sonido quebrado de una superficie atestada de flores. Parecía que hacia el final de la caída todo se alentaba, y como una hoja que cae sobre un lago, la bisabuela se depositaba lentamente sobre una canasta llena de pétalos. Un ruido lento: el que hace el tallo de una flor al romperse, lo despertó.

Se levantó, volvió a mirar la pecera. Hasta ahora la muerte se había mantenido lejos de su vida y recordar al ángel era recordar que la muerte existe, que tarde o temprano entra en tu vida y se ensaña hasta que, finalmente, eres tú el siguiente de la lista. Lo sabía: sentía que una vez dentro la muerte, el efecto dominó sería inevitable. Por eso quiso ir hasta la casa de su bisabuela, sólo para verla y decirle: he pensado mucho en usted. Y hasta allá fue, al pueblo. Dos horas en un autobús viejo, caliente. Dos horas de un paisaje que le recordaba todo. Al llegar, la anciana le extendió los brazos. No se dijeron nada. El sol bajaba lento. No temas, recordaba, nunca le temas. La abrazó y sintió el toque frío de la muerte. Una mano huesuda recorriendo su espalda. Un paso sigiloso acercándose. Sintió cómo la lista de sus muertos empezaba a escribirse. No dijeron nada. Pasaron a la sala, se reconocieron con los ojos.

Silencio.

He pensado mucho en usted, dijo

y empezó a morirse.

La anciana lo observaba como un árbol milenario que presencia la muerte de su sombra todos los días. Él la miraba difusa, como a través del agua, como desde el interior de una pecera.