Tabula rasa

Un misántropo en el Corona Capital 2013

I

¿En qué momento el rock, el ROCK, se volvió tan joto? Hace unos años, ir a un concierto significaba arriesgar el pellejo: rifarse el físico entre un grupo de greñudos de playera negra y chamarra de piel que bien podían despedazar a un bisonte norteado. Y ahora, ¿qué?: el rock se ha convertido en algo cool, en un lugar común de la clase alta que no entiende de música pero sí de moda: el rock ha pasado a ser esa tendencia que acepta (más o menos) a todos: fresas “bien” vestidos y guarros atascados de mona: y la música lo ha resentido: de Avándaro (el padre de los festivales masivos en México) al #CC13, la cosa se ha fresificado tanto que ya no se sabe de qué lado se toca: del de los buenos (los pobres), o del de los malos (los ricos): como si la cosa estuviera en estandarizar el gusto de los pantalones ajustados y las camisas a cuadros y las piernas y los muslos y los ojos verdes.

II

Pero reducir la situación a esta polarización es absurdo, lo sabemos: el problema está en la masificación del gusto: ¿a quién puede gustarle lo que le gusta a esos pendejos de camisa desabotodana hasta el ombligo?, ¿no deberían estar escuchando a la Arrolladora y no quitándonos el oxígeno en un masivo que celebra bandas “independientes”?

III

Más que un concierto para celebrar la música, el #CC13 fue más un escaparate de las absurdas modas que han inundado la escena de clichés: pura morra guapérrima, puro vato que aleja el gusto de la masculinidad: bermudas ajustadas, playeras de equipos de soccer fajadas y cinturones combinados con flats (como si los hombres usaran mocasines azul pastel con shorts). La homoeroticidad del gusto masculino es, de algún modo, denigrante para la música que nació de la rebeldía. Y bueno, va: los hippies tendían a la androginia, pero no al descarado homosexualismo de las modas contemporáneas. Y no es que el homosexualismo descarado esté mal: no intento hacer un juicio moral de sus preferencias sexuales: el problema radica en la estandarización de su muy particular modo de entender la moda y la música: es que tienden a gayficarlo todo, a hacerlo todo tan estético que contradice el principio fundamental de la melena de Janis Joplin. Y por gayficación no me refiero a un discurso homofóbico: quiero decir la hipérbole del mal gusto femenino en la moda masculina (bien pueden imaginarse escotes, pantalones ajustados, peinados estilizados, maquillaje y delineador; autos, moda y “rockanrol”).

El rock ahora es tan andrógino que ofende.

IV

Bueno, la música no es el problema: el problema es la banalización del discurso original, su esencia contracultural: la absorción de la rebeldía por aquellos que sólo pueden protestar por la reducción de su línea de crédito, por la tendencia “azul” del otoño, por la falta de sensibilidad de Marc Jacobs al abandonar LV así como así.

V

Entonces, la música y sus motivos quedan desplazados porque se trata que moda y no de acordes: de lo que suena cool por lo que suena bien, de lo que está aceptado aunque esté mal hecho, del mal gusto justificado por la masa poderosa que descarga música legal: o sea: aquella que puede gastar un par de miles de pesos nomás para ver qué tal, nomás para experimentar (de manera segura) la masa amorfa que mueve la cabeza al ritmo de una banda francesa que existe nomás mientras está en el escenario.

VI

Y, ¿de dónde sale tanta pierna bien alimentada, tanta belleza de primer mundo? Con la pobreza que nos cargamos y la belleza que aparentamos, deberíamos tener una industria pornográfica tan poderosa como la eslovaca y la checa. Pero no: tan sólo se trata de un signo de la brecha insalvable entre ricos y pobres, entre güeros y prietos: como hace cien años, y más.

VII

La música, el arte, al final, termina siendo lo de menos.

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