Tabula rasa

Los mensajes que escribo, sexta parte

De pronto, me descubro mandando correos kilométricos: a mis maestros, a mis amigos. Debe ser la soledad. O tanto alcohol y tiempo acumulado. Ganas de hablar del clima, ¿qué otra cosa? Y ahora copio y pego, aquí, fragmentos de algunos de ellos. Generalidades, nada privado. Datos curiosos, nomás.

I

Por las mañanas, el tranvía no es el atractivo turístico atascado de blancos de bermudas y camisas floreadas; es el transporte de guardias de seguridad, empleados de mostrador, profesores y estudiantes de escuelas de caridad. No hay blancos a esas horas tomando fotos. Llegar al campus implica atravesar buena parte de la ciudad. Ir de un extremo al otro, del delimitado por el margen del canal hasta el otro a orillas del río, es también ir del extremo negro al extremo blanco. Este fue, durante mucho tiempo, el recorrido de las colonias de plaçage (donde los blancos construían “legalmente” casas para sus amantes negras y los hijos de estas relaciones “de placer”), a las exquisitas mansiones de los fundadores. Ahora la cosa es parecida: por las mañanas la gente con los ingresos más bajos hace el mismo recorrido para trabajar en esta zona que empieza en el Centro Financiero y termina un poco más allá del Campus. La miseria es la misma donde y cuando sea. No cambia de nombre ni de rostro.

Soy un amargado. ¿Qué esperanza tiene uno que se deprime hasta en el primer mundo? En este primer mundo, quiero decir. Porque debe haber pueblos aburridísimos en Indiana (ese estado cuadrado), y algo terrible en Utah que hace que la gente más feliz de este país sea la que más se suicide... pero aquí todo es fiesta, luz, color, jazz y juventud relajada con tatuajes. No lo comprendo, en realidad. Debe ser que también aquí los barbudos se llevan a las mejores chicas. Debe ser que, por muy espectaculares que sean las ciudades, son sólo lugares para vivir, y a uno le cuesta mirar para afuera.

II

Acá el clima está más loco que en Xalapa. Imagine: el sábado azotó una tormenta con vientos, juro, huracanados. Caminaba yo con una amiga por una de las calles favoritas de Tennesse Williams, y de pronto el cielo negro acercándose y una lluvia caliente y el viento llevándoselo todo. Tuvimos que tocar la puerta de una casa para guarecernos. Afortunadamente, mi amiga es local: de haber andado solo... bueno, pues el viento me hubiera llevado hasta La Península: acá los mexicanos siempre generamos desconfianza. En fin. El domingo, perfecto, de día de campo gringo. Me llevaron al Lago Que Parece Océano, y vi a los locales presumiendo sus deportivos, dándole la espalda al atardecer. Pero el lunes, ¡ay el lunes!: amenaza de tornado y una tormenta que, no conforme con haber tirado árboles a medio día, volvió a la noche, recargada. Y hoy (jueves), el sol hermoso, brillando a tope. Esta ciudad me recuerda a Xalapa. Hasta he sentido que la extraño.

III

Uno cree, está en la idea, que hablar puede un ajeno lengua, hasta que llega y sólo no puede comunicarse: toda la escuela se olvida pronto, en un instante, principalmente con las presiones y el señor que maneja el autobús diciéndote algo que no completamente entiendes, pero que sabes que tiene que ver con las monedas que tu justo acabas de colocar en la máquina que saca boletos.

Te olvidas de todo él, la gramática, y deberías sonar estúpido, tú lo sabes. pero ese mínimo conocimiento te permite llegar a donde debes. pues solamente quedas atorado al hablar: leer puedes muy bien. sabes hacerlo sin mucho problema. tu problema único es que olvidas reglas básicas. y sabes que no deberías hacer lo que haces, y lo sigues haciendo, no puedes evitarlo. qué decepción debe sentirse miss Febe y miss Cata: tantos años en la escuela, y sólo calificaciones buenas, para venir hasta acá y arruinar todo igual que el presidente, justo. ya no lo voy a criticar. bueno, sí, pero no por su mal hablar de la lengua foránea.

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