Tabula rasa

La industria del desamor

Contexto.

Yo, El Reyezuelo, El Cabronazo (ustedes, quienes me conocen, saben a lo que me refiero), El Que Juró No Caer En Su Trampa, El Que Hablaba En Amor… aquí me tienen, derrotado, entre las sábanas desde el sábado, tirado. Si me conocen, si de verdad me conocen, les debe sonar extraño: Yo Sufriendo Por Amor. Pero así es, queridos: Heme aquí, destrozado, con el corazón hasta el estómago y el pecho ardiente; aquí, vuelto una baba espesa, un leño humeante que no guarda ya el aroma de lo que ardía.

Consuelo.

Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, la clave para la realización, dice el poeta. Que te partan la madre, que te corran del trabajo y que te destrocen el corazón, dice mi padre. Tiene sentido. Plantar un hijo, tener un libro y escribir un árbol suena a terapia pachamama: “incide positivamente en tu entorno y crecerá tu espíritu”. #Bullshit. Lo de mi padre es una auténtica forja del carácter: putazo limpio para hacer callo. Me abraza y creo siente mi dolor, porque se estremece. Y es que de verdad duele: algo quema adentro, y a uno le entran ganas de rascarse; se siente distinto el pulso, algo como descompuesto que sólo se arregla, a medias, con el sueño. Empiezo a creer que se trata del dolor más honesto: desprendimiento parecido al de la muerte de lo que amamos. Sólo que peor: la muerte es la pérdida irreparable, la ausencia obligada por el destino; el desencuentro amoroso es impuesto desde la subjetividad del otro, desde el confort de quien, con la mano en la cintura, fingiendo un dolor que ya está sanado, explora las posibilidades de salvarse antes de caer en la desesperanza. Sí, amigos, ustedes entienden: a veces te cambian sin explicación alguna, y cuando el abismo se abre ante sus pies, la liana salvadora de un bastardo de buen peinado se lleva a tu chica mientras tú te derrumbas. Así. Si lo sabré yo, El Hijo De Puta.

Negación.

Nunca se sabe: la culpa se desplaza horizontalmente: Todo El Universo, menos uno, El Doliente. En el desamor todo conspira contra nuestra felicidad. Pero si uno mira detenidamente, si uno se da el lujo de descentrarse y buscar, entonces caerá ante el asombro de lo obvio: ¿cómo putas no me di cuenta? Creemos en el amor porque nos enseñan que salva, que se basta a sí mismo para redimirnos de la soledad, para zanjar el futuro en un par de palabras mágicas, brillantes. Y pronunciarlas, oh dioses, conecta sin más a los espíritus, que de un momento a otro cosen sus sustancias para formar un esperpento de dos corazones que no siempre laten al mismo ritmo. Así de carajo nos enseñan el amor: ejemplos mal dados y vicios ancestrales nos educan al respecto. Y erigimos el amor en la mezquindad más recalcitrante, en el egoísmo más impío. En el amor nos definimos como individuos, paradójicamente. Y no sabemos –ni cómo enterarnos– que el amor contiene su propia muerte. No, chicuelos, no viene de fuera: el amor es la muerte, el trecho insalvable de quien, en el amor, quiere seguir amando (o amar a otros, para acabar pronto).

Mal de muchos.

Escucho el radio porque, durante la etapa más perra del desencuentro, la memoria siempre juega en contra, la muy culera. Cualquier detalle –estúpido, banal e impreciso– recuerda el rostro de lo perdido, cualquier palabra sus frases, cualquier tortuga de videojuego su rostro asombrado. Entonces uno se retrae del mundo esperando que allá afuera, en la cotidianidad, los referentes directos que despiertan la espina no nos alcancen. Pero sucede que afuera, en el mundo real, en eso que llaman el diario, lo más usual es andar jodido por una morra que se largó con un cabrón al que conoció hace apenas un par de semanas, o en franco desgañitamiento con rolas de la Arrolladora. Todo es desamor: todo es dolor. En todas las estaciones, los frescos (y estúpidos) locutores “debatían” variaciones del mismo tema universal: “¿continuarías la amistad con el ex de tu mejor amiga?”, “hoy hablaremos de cuando te ponen los cuernos, pero bien puestos”, “llama para contarnos cómo superaste esa relación de años”, “te diremos cómo superar a tu ex en tres semanas”… Carajo, y uno sintiéndose especial con su dolor, único e irrepetible. Desde Veracruz hasta Hidalgo, pasando por Puebla y Tlaxcala, todas las estaciones de radio, toda la música popular, explotan el desamor y esa rabia sorda de no tener los arrestos para decir: ¡con una chingada, ámame cabrona!

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