Tabula rasa

No me importa si no sabes quién es Rocco Siffredi y una de tantas poesías alternativas

Leído con suficiente perspicacia, desde los horizontes de enunciación y recepción adecuados, cualquier discurso puede alcanzar un estatus poético. Si bien la “destrucción” del poema mediante el agotamiento de su forma sucedió hace más de cien años, es contemporáneo –millenial– el fin de lo “poético”: todo es poesía. Desde hace algunos lustros la experimentación –esa maldición que quema las palabras en las manos y en la boca, que cierra todo diálogo con la tradición y, por ende, con el futuro–  ha prescindido de su anclaje conceptual para elevarse como única vía auténtica de expresión poética en los tiempos que corren. Basta, pues, una palabra ubicada en el correcto contexto hipertextual del lector para que se erija en posible llave poética, en un universo que sólo admite una lectura en futuro.

Terry Eagleton ya había reflexionado al respecto cuando analizaba el carácter de revelación que ciertas lecturas, bajo circunstancias concretas, otorgan a los letreros del metro londinense. Es decir: si estamos en la disposición poética, si nuestros ojos indagan con la sagacidad de quien busca en todos lados verdades superiores, todo mensaje escrito adquiriría, automáticamente, al menos otro nivel de lectura, donde los significantes, inalterados, abran la puerta a significados trascendentes, profundos. Si leemos con la adecuada intención un mensaje como “...así, el valor de uno es el valor de todo el conjunto”, u “en estos momentos quisiera ser el Chapo Guzmán”, la revelación “poética” vendría no del discurso mismo; estribaría, en todo caso, en la reconfiguración de significados (o redimensión de significantes, como quieran) del lector, quien habrá obtenido el poder absoluto de encontrar poesía incluso ahí donde no hay nada más que un concatenación de significantes que, por su disposición, parecen guardar un carácter místico.

Es una maldición. Recuerdo cuando Él vino y me dijo: este es tu tono poético, tu voz. Hunde un poco el pecho al soltarla, tensa los músculos del cuello. Así. Exacto. A partir de ahora, cada palabra que digas utilizando esa voz, será poesía. Inténtalo, vamos: “Libertad inalámbrica / Doze meses de vida útil da pilha / Disfruta de la libertad / Sin necesidad de emparejamiento / Sólo necesitas / Un puerto”, dije con esa voz como impostada que me había sido otorgada. Algunos aplaudieron, recuerdo.

Una palabra descontextualizada funciona como el mingitorio de Duchamp, al parecer: se redimensiona estéticamente al ubicarla fuera de su cotidianidad. Así como Zona MACO cada año sorprende con la profundidad de lo cotidiano: anuncios de neón y series de focos (como las que colgamos en navidad) potenciadas en toda su discursividad artística, así, ahora, nos enfrentamos a un poesía “alternativa”, “nueva”, “transgresora”, que parece justificar su existencia con las premisas de la autoconcepción, la redimensión del significante poético y la dispersión del significado; todas garantizadas por la inclusión de una nueva sensibilidad exclusiva de los millenials o, mejor, transmileranios. Estos ejercicios poéticos novedosos buscan no la conexión arbitraria entre significado y significante, sino su conexión hipertextual: la dimensión que las palabras adquieren cuando son nada sin su contexto. Así, entonces, podemos descartar la aparente intrascendencia de una serie de frases  como: “Hoy, sólo hoy / quisiera ser Rocco Siffredi / y en vez de sentirme solo / ver arder las imágenes, las galerías /  y escuchar tu voz en los audífonos”, pero apelar a la profundidad de la enunciación, a la incomprensión del contexto y a la destrucción del poema. ESTO NO ES POESÍA, y ya, listo.

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