Tabula rasa

El hijo de puta, de vuelta, segunda parte…

Estábamos en: yo en el cuartito de la migra, en medio de un hindú y un güero atascado de tatuajes. El hindú estaba que se cagaba de miedo. Yo también, pero actuaba natural. No les iba a dar el gusto a esos cabrones. El güero ya sabía, tenía todas las pintas de haber estado ahí antes. Un agente obeso, blanco, pelón, se acomodaba unos guantes de látex azul mientras me miraba. Debió ver algo en mi rostro, pues sonrió como diciendo: Estás bien pendejo. Pero cuando lo miró a él, el hindú supo con quién era el problema. El oficial seguía estirándose los guantes mientras se acercaba a otro con cara de hijo de puta, sentado frente a una computadora. Me señaló y luego a mi pasaporte sobre el escritorio. Me sonrió apretando los labios y volvió su vista al hindú. El pobre se cagaba, lo juro: el sudor escurría desde sus patillas hasta el interior de su camisa blanca. El agente con cara de hijo de puta tecleaba en su computadora mientras miraba mi pasaporte. Me checaba desde el rabillo de su ojo. Deben estar entrenados para eso, pienso. Creo que en realidad le valía madres lo que la computadora arrojara: lo que quería era ver mi reacción ahí, dentro. Yo, supongo, tenía una expresión entre asustada, entre hastiada. Y es que, se los juro, estaba hasta la madre. Asustado, sí, pero hasta la madre. En ese momento pudieron haberme dicho: va a tener que regresar a Juárez y yo contento hubiese aceptado. No podrá regresar jamás de los jamases. Y les hubiese agradecido. Pero no. Luego de un par de minutos, el de la computadora llamó al de los guantes y me dijo que podía irme. Una policía sexy: sí, todo el cliché de la policía morena, guapa y buenísima, me lleva de vuelta a la puerta principal. Pregunta, en español perfecto, ¿Pues qué hiciste? Nada, respondo. Lo hiciste bien, nomás te meten para que te quiebres. Ya no quise decirle que estaba a dos de un infarto. Recordé a mi cardiólogo y su propuesta de ponerme un Holter. Ahora era cuándo, doc.

Increíblemente, Marco me esperó al otro lado del puente todo el maldito rato que estuve ahí: la ventanilla, la espera, el cobro eterno y los minutos en aislamiento. Qué buen broder. Dice que hizo turnos con Mijail, otro compa de los buenos. Ya con todo en orden, fuimos a su casa, descansamos un poco y más tarde caímos al Taps. Un bar angosto y profundo, con espejos frente a la barra y sillones formando cabinas. Bebí una pésima cerveza local con toda la calma de saberme del otro lado.

El otro lado es aburrido. Muy aburrido y cansado. Hay que caminar. Enormes cuadras. Arriba y abajo. De aquí para allá. Todos los pasos sobre esta ciudad que de tan perfecta parece ser un cuadrado. Y lo es, de hecho. Un perfecto cuadrado que contrasta terrible con el caos que lo rodea: ese corazón de luces que es Juárez. Lo que te salva de la locura en esta ciudad es la amistad. Los compas. Dicen todos. Les creo. Ahora comprendo por qué toda la gente que conozco que estudió ese famoso posgrado de acá, hizo amistades perras. Pienso: ha sido lo mismo todo el tiempo: las ciudades siempre serán tristes si uno alberga una semilla podrida en el interior. O sea: no son los lugares, es uno. Yo sería desdichado en cualquier lado. A pesar de eso, he tenido buena suerte: a donde he llegado he encontrado gente que me trata de lujo, y que, en cierto modo, me cuida. Les agradezco a todos, pues.

Vamos a festejar el cumpleaños del chico que le enseñó a tuitear a Margo Glantz. Suena a mamada, pero es cierto: pude comprobarlo. Como sea. Llevamos cerveza y whisky. Caminamos. Caminamos. Caminamos. De oeste a este. Cuadras y cuadras. En una esquina, ya lejos del centro, una camioneta roja se nos cuadra. Una pick up tuneada, con llantas altas y un monstruoso escape. Hey guys, do you smoke? Nadie contesta, pero el hijo de puta, el güero subempleado, el cabrón sin dos horas de educación universitaria, libera algún dispositivo de su armatoste que saca de un tubo, justo a nuestra altura, una nube caliente de denso humo negro, negrísimo. Se carcajea y se aleja, haciendo todo el ruido posible con su camioneta, con su risa, con su estupidez. Basura blanca. El primer mundo. Bienvenido.

 

@jalfvalba2