Tabula rasa

No hables: política, empresa, universidad

Estamos ante ciertas acciones del poder centradas en el silenciamiento del otro –de aquellos sectores que se ubican en el extremo opuesto o en la base de la pirámide, como queramos verlo–, en el aniquilamiento de su palabra mediante la neutralización de su capacidad discursiva. El subalterno sólo puede hablar cuando se le ordena, y su ejercicio lingüístico se reduce a la confirmación de la orden, a la respuesta esperada. Desde hace algún tiempo sabemos que los sistemas democráticos (al menos los que podemos conocer, más o menos, a profundidad, es decir, el mexicano y algunos otros latinoamericanos) no están basados en el diálogo: la clase política no espera escuchar la voz auténtica, propia, multiforme y heterogénea del otro extremo (donde conviven el sector más pobre de la población con la diversidad indígena y la mano de obra migrante y campesina), sino la respuesta homogénea del voto. El diálogo estéril que se realiza con estos sectores homogenizan el discurso bajo el título de lo “folclórico”: un movimiento paternalista y condescendiente que aprovecha el capital cultural de los sectores silenciados para asimilarlos en un discurso que celebra, ilusoriamente, la diversidad y heterogeneidad cultural, pero sin la verdadera atención sociopolítica que requieren sus productores. Celebramos su danza, usamos sus huipiles, tocamos su música y la fusionamos con nuestros cánones más altos (el jazz y la música de concierto), pero no atendemos sus carencias, no los involucramos en nuestros procesos educativos eficientes y, obviamente, no escuchamos sus demandas de justicia, ni la más pronta y expedita (la desaparición o asesinato de sus hijos, por ejemplo), ni la más histórica (aquella que tiene que ver con la desposesión criminal o el engaño en pos del progreso socioeconómico, aparentemente, de la nación). 

Este silenciamiento también se da a otros niveles, en otros ambientes donde median relaciones de poder: la empresa, por ejemplo. En el contexto de la nueva cultura competitiva y emprendedora, producto de la masificación del acceso a la educación superior, la simplificación de los procesos de obtención de títulos profesionales y las crisis económicas que se reflejan en las tasas de desempleo, empresas y trabajadores tuvieron que adecuarse a un nuevo sistema de relación laboral en el que se excluye la voz crítica de los empleados: la eficiencia e identidad empresarial están relacionadas con el sistema de competencia que lleva a jóvenes egresados y adultos envejecidos prematuramente (la vejez empresarial llega a los cuarenta años, o antes) a aceptar condiciones laborales cuasi esclavistas, en las que el terror de la sustitución provoca degradaciones que bien a bien no son remuneradas ni económica ni simbólicamente mediante el “estatus” que supone la pertenencia empresarial.  La capacidad de diálogo de los empleados ha sido silenciada, que no prohibida: se entiende que pueden, pero no deben. Los paradigmas del nuevo emprendimiento empresarial demandan del empleado una sumisión total a su organigrama y su esquema de valores y objetivos: todo discurso ajeno a estos intereses es bienvenido, pero juzgado y boicoteado, sin mencionar que su enunciante es cien por ciento reemplazable. Estas nuevas formas de realidad laboral recuerdan las relaciones de poder en el contexto colonial: el colonizado no es un sujeto capaz de hablar o responder, no ocupa una posición discursiva, su “habla” no adquiere un estatus de diálogo.

A esta rendición del empleado ante el interés de la empresa, esa ideología patética –pero inevitable– del “pero es nada”, del “al menos tengo trabajo”, se unen la nueva cultura universitaria latinoamericana y sus procesos culticidas y de un nuevo estilo de subalfabetización que prepara sólo lo suficiente y para los intereses marcados por la “productividad”, el “crecimiento”, la “asertividad”, la “pertenencia”, la “proactividad” y el “emprendimiento”, generando una mano de obra lo suficientemente calificada para ejercer,  pero que demanda poco. Ante este panorama se entiende el encumbramiento de la educación privada universitaria en toda América Latina.

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