Tabula rasa

#fuckingchallenge

Enliste l@s diez loquesea más loquesea e invite a sus amigos a hacer lo mismo. Una fórmula viralmente sencilla. Aproveche (esto no se dice) para presumir lo más que pueda: enliste ininteligibles películas checas, aburridas producciones danesas. Y anexe directores, años, y datos curiosos: sea wikipedia. Busque lo que a nadie le gusta: he ahí la individualidad, la auténtica originalidad que lo hace irrepetible y exquisito. Haga listas y presuma. Los 10 discos de su vida: suelte lo más underground. Pareciera que lo desconocido es lo mejor; lo oculto, lo único que vale la pena. Desdeñe el gusto de los demás: al hacer su lista usted adquiere el derecho de mirar para abajo a los otros, tan pocacosas por poner una película de Stallone entre sus favoritas: “obvio, goee, nadie conoce en este rancho a Amos GitaÏ, y si vieron Kadosh, no le entendieron, y a Kedma, uy menos”… Argumentos así llenan de mamonería las redes sociales y uno, indefenso, aguanta porque se trata, intuyo, de un momento en el desarrollo intelectual de una mente, digamos, más arribita del promedio: sí, todos fuimos mamones y primeroentodos en algún momento de nuestras insignificantes vidas. Todos escarbamos y sacamos a la luz una “gema” que pocos conocían y la presentamos como si fuera única y depositamos en ella toda la esperanza de nuestra cordura intelectual: nos reafirmamos conociendo lo que los demás no, como si el conocerlo implicara la comprensión de un universo (de facto) desconocido para los otros. Es un mecanismo obvio: si ustedes no conocen a Rabíh Abdallah Kafka und die Fluffers from Little Casasnegras, obviamente no lo comprenden. Les llevo un punto, pues. Ergo: soy más inteligente que ustedes. Así funciona, a grandes rasgos, este mecanismo de autoafirmación intelectual (que forma una triada maravillosa junto a los otros dos que ya he abordado en este espacio: el efecto satelital del verdadero talento y la denostación del talento ajeno). Podríamos llamarlo: mecanismo del iluminador o wikipedismo pedante, como sea. El caso es validar el intelecto mediante el dato oculto, aunque sea banal (como todos los datos). El secreto del intelectual advenedizo es, precisamente, recurrir a un léxico intrincado a la vez que se habla de aquello soterrado por los discursos hegemónicos; mediante el artificio del lenguaje, elevar el temple artístico de lo amateur, de lo que no circula (por las razones que sean) en el mainstream: lo que no constituyó el canon (usualmente, por malo)… pero endiosarlo y darle un estatuto único mediante un despliegue, más o menos (aunque a todas luces) intelectual. Pero igual, el ejercicio no cuenta si no se hace sentir al otro, al que está en estado de obvio desconocimiento del discurso en cuestión, como un auténtico idiota (porque ignorante, en el fondo, lo es): rebajar, juzgar y condenar. Hay varias cartas para jugar en este sentido, la más usual, la de la condescendencia abrazadora, típica del colonizador buena onda: “pobres imberbes rústicos, les traigo cultura”, y ¡órale!, soltar una perorata sobre Jaromil Jireš y por qué toda lista de películas que se respete debe contener al menos una producción checa, y va (esto lo dice mi amigo, y lo admiro, que conste). Culturizar, pues. La otra, más violenta, es la condena absoluta del inquisidor: “o sea, qué pendejo estás si no has visto Mona, The VIrgin Nymph, de Michael Benveniste”, y otras aberraciones por el estilo. Vive y deja vivir, digo. Juzgar el intelecto de una persona a través de su consumo cultural no es la mejor herramienta: hay gente brillante, absolutamente brillante, que es fan de Alfonso Zayas (no digo nombres, no vaya a ser que sea, en realidad, un gusto culpable). Y habrá, también, subempleados gasten sus salarios mínimos en discos de Don Byron. De todo hay en la viña del señor. Lo que interesa del fenómeno es ese afán enciclopédico: el dato duro e irrefutable, pero inútil, a fin de cuentas. Y no sólo la red es testigo o escaparate de estas singulares inteligencias, el ámbito académico está lleno de similares: papers, tesis para obtener todos los grados posibles e investigaciones de años, esfuerzos para poner el dato justo donde no lo había, o sólo para decir que Josh Roseman estaba equivocado cuando dijo que Gordon Jet comisionó la inextricable Dark Room a través del fondo de The Bluesea House, ya que ésta existió hasta 1996, y antes se llamó, simplemente, Bluesea. O sea, qué pendejo. Y ponerlo como nota al pie, con referencia a una fuente tan difícil de hallarse que se vuelve, de hecho, irrefutable. “Usted está equivocado en ese dato”, como si ese error ínfimo pudiera echar por tierra constructos filosóficos condenados a la posteridad. En 100 años todos hablarán de Augé, aunque un mequetrefe le haya marcado un error en una nimiedad (un dato, pues), porque acá se juega con las ideas, caray. Construir inteligencias mediante el consumo cultural, la nueva tradición de formación: datos vs ideas. Lo que se pierde, y representa el fin de la educación como la conocimos hasta hace un par de lustros, es que los datos se encuentran, se rastrean, pero las ideas se forjan.

@jalfvalba2