Tabula rasa

Nos faltan suicidas

I

Para ser la generación del desencanto, aquella que siguió al vacío, destinada a perderse en su propio reflejo y en pasadizos virtuales, condenada a la soledad más honesta y pura y a vagar en un universo donde nada es lo que parece ni lo que verdaderamente se desea, nos faltan suicidas. Debimos ser una generación plagada de jóvenes muertos a propio filo. Una generación dispuesta a arder en su rencor con el mundo, a verlo todo en llamas desde el incendio personal. Algo hicimos bien, dirán los redentores de las eras. En todo caso, algo hicimos mal para terminar así: en un trueque de la genialidad por el hartazgo.

II

Y es que estuvimos siempre al límite de la insatisfacción, en el más robusto e impenetrable tedio. La irracionalidad del suicida, esa característica única que lo hace blanco de las más fervorosas expulsiones y condenas, fue lo nuestro: la apatía ante la irresolubilidad: donde otros supieron encontrar y definir la valentía de su siglo, la gran disyuntiva: aceptar la vida (así como es, sin más) o escoger la muerte (o sea: enfrentar la vida al límite), nosotros decidimos pasar de largo. Generación suicida sin heroísmos. La tristeza.

III

Se nos desmoronó el mundo en espera de que algo de verdad importante pasara: o no supimos apreciar las minúsculas bellezas del instante (como nuestros antecesores entusiasmados por haber hallado al mundo en flor luego de una guerra nuclear que nunca ocurrió), o no supimos comprender que el debatirse entre el mundo real y el virtual era absolutamente inútil (como sucede con los de ahora, que arrojan el ser al vacío de las redes de pequeños individualismos adulatorios, buscadores de la experiencia extrema en un mundo que nadie más que ellos comprende en su complejidad impostada).

IV

La opción, en todo caso, era el suicidio: lo lógico, pues. ¿Cómo vivir así? ¿Cómo respetar las reglas de un mundo que nos negó hasta el derecho de decapitar a nuestros ídolos?: ellos mismos ofrecieron sus melenas a los dioses del personalísimo degenere, a la autodegradación pura que busca ser tabla rasa, el inicio de algo nuevo y mejorado: actualizado y más amable.

V

Debimos estar llenos de suicidas: 27s y 33s, por todos lados. Debimos marcar una nueva fecha: la edad terrible. Incertidumbre y conformismo sin opción. La mitad de la existencia, según nuestros estilos de vida, tan tirados a la desesperanza, clavados en la dejadez del nada puede ser peor. 30 años, máximo. ¿Qué puede ser mejor después del dulce exilio de los veinte? Todo o nada: así crecimos: en el arriesgue del cruce, del descubrimiento, del ir al límite para ver si es cierto que la vida vale la pena. El Límite. Por eso extraña que pocos se hayan arrojado a las llamas. Que pocos hayan resuelto el enigma de verdad. Que no tengamos suicidas famosos: poetas de obras inconclusas, músicos genios truncados en su unicidad cósmica, artistas sin obra por lo magnífico de su mente desbocada e inconforme. Extraña que una generación que aprendió de los grandes, que los vio hincharse de droga y dispararse en la sien, se conforme con la locura de impacto de Britney Spears o la rebeldía campechana de Justin Bieber.

VI

Si nosotros no supimos cumplir con la tarea, tan cegados por nuestros reflejos en las aburridas pantallas del internet del 2002, quedará en manos de los que siguen intentarlo: si nosotros fuimos el desencanto de la era digital por haber llegado muy temprano, ellos que llegaron más o menos a tiempo tienen la estafeta: cumplir con una cuota más o menos decente de suicidas famosos. Uno que valga por 30 años.

VII

Escribimos como acto extremo. Como si no fuera ya lo máximo levantarse para expiar la diaria condena del envejecer sin ceder lo bueno.

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