Tabula rasa

"Esos errores #todossomosescritores"

I

Escribe Valeria: ¿Por qué habrá tanta lambisconería en el ámbito literario? Se lo pregunta pues ha visto a alguien intentando besar la mano de un poeta. Me río. Lo he visto, también. Vatos que creen que la pleitesía es una carretera de ida y vuelta del talento. Me dan ganas de preguntarle: ¿A qué poeta querían besarle la mano? Pero me contengo porque ahí revelaría yo lo que ya sabemos: que hay alguno, por ahí, en alguna isla, al que yo le diría: venga esa mano. Y lo que quiera, maestro. Pero me contengo. No se trata de confundir una cosa con la otra. Ella habla de lambisconería, no de admiración, pero supongo que toda admiración termina siendo, tarde o temprano, un secreto acto de lambisconería. Me pregunto, entonces: ¿a qué escritor le besaría yo la mano en público? Y me imagino esas manos descuidadas sosteniendo plumas y escribiendo de noche. Está cabrón. No lo haría, me respondo. ¿Qué clase de escritor debe ser uno como para hacer tal cosa?

II

Lambisconería en el ámbito literario. Y pienso en el ego: ese motor de poemas y cuentos y ensayos. Ese Motor De La Literatura. ¿Cómo alimentar a un escritor, sino es con un poco de luz? Ninguno de mis amigos creadores, creo, le besaría la mano a ningún otro. Tal vez ese que ustedes saben que ganó hace no mucho el Premio: saldría con que sí besaría la mano de un escritor, pero de uno que sólo publicó un poema en el número único de una revista de 1854, de tiraje limitado. A ese Maestro, sí, diría mi amigo. Y lo miraríamos como siempre lo miramos. El otro de mis amigos diría: Sí, le besaría la mano a ese japonés que rescata la tradición de los pulpos abrazando a la misma colegiala en tres momentos distintos de sus vidas al mismo tiempo: a la niña, a la adolescente y a la joven adulta simultáneamente… pero sólo lo haría si firma mi propia versión de su historia en mi nuevo libro, que saldrá este año pero está fechado en el 2456. Mi otro amigo no diría nada: sólo nos vería con desdén, diría: Sí, claro (como en esas caricaturas que tanto odio) y nos haría escuchar el aburrido track 12 de una banda medianamente buena que él cree es genial. O sea, ninguno lo haría. Gracias a dios. Por eso son mis amigos.

III

Lo importante es, creo: ¿qué clase de escritor se debe ser para dejarse besar la mano? Dejen ustedes el besamanos, de esos hay muchos (escritores que no escriben pero que andan en el ajo): el que extiende la mano para recibir la adulación exagerada. Esos, Dios. Se escribe, piensan, para eso. No se expía nada con la escritura: se gana, siempre: una mina de oro en el interior del que piensa y creo lo único, lo irrepetible. Atroz, pues. La literatura como una capa caprichosa de brillante tela. El trabajo de escritor como un ejercicio de pedantería disfrazada de buen gusto y refinación. El Desastre.

IV

Pero hay otra lambisconería que opera silenciosa entre todos nosotros: el acriticismo. El no poder decir: esto es malo, punto. Amigo: escribes de la chingada. Mi generación es una mierda. El deslumbrarse nomás porque sí: por mera afinidad o compromiso ideológico. El reducir la crítica a la palmada y la palabra chispeante. El volverlo eléctrico todo con una operación del lenguaje que opera desde la obsesión a priori. De verdad creerse el oficio, pues. El universo en el que todo es genial es el peor. Todos somos escritores. Nadie se escapa.

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