Tabula rasa

Los desmemoriados, dos

La memoria trastorna la realidad, la altera. La semana pasada exploramos el desfase entre lo que recordamos y los hechos. La memoria nos moldea mediante la edición de lo que nos sucede: la selección, siempre a modo, de lo que pasa en el mundo. Escogemos rigurosamente cómo es que queremos recordar nuestro pasado, y, decíamos, en ese proceso caemos en la idealización, el falseo y el cliché. Elegimos, más o menos, qué y cómo recordar. Incluso la persistencia de un recuerdo, el trauma, la imagen atroz que espanta el presente, es un recorte predeterminado que funciona siempre en nuestra contra.

Pero, existen procesos de la desmemoria que, efectivamente, se centran en el vacío, en la ausencia y en la supresión o incapacidad fisiológica para recordar: daños y alteraciones que impiden la evocación del recuerdo o lo transforman en un punto en blanco o en puro intento infructuoso. ¿En qué nos convertimos para los auténticos desmemoriados? ¿A qué se reduce nuestra existencia en la mente de quien nos mira desde la senilidad? ¿Desde dónde nos miran los que han perdido la capacidad de recordar? ¿A qué se reduce nuestra existencia en la mente de alguien que ha perdido nuestro nombre y es incapaz de recordar las sutiles y profundas conexiones con nosotros?

La vejez no es una batalla, es una masacre, escribe Philip Roth. La debacle fisiológica, la disminución del cuerpo. La ruina de la mente. ¿Qué significa volver a balbucear? Perder las palabras que nombran al mundo es perder el mundo mismo. ¿Dónde vive un desmemoriado? ¿Cómo? La pérdida de la memoria es la pérdida, obvio, del tiempo. El tiempo es memoria; corre porque somos capaces de recordar, de evocar lo anterior como un suceso ajeno y distinto al presente. Pero, diluida esa barrera, el tiempo desaparece. El auténtico desmemoriado vive en la cortedad del instante, en el tiempo eterno del ahora. Incapaz de volver al pasado, de evocarlo, queda reducido a la rutina, el minimalismo del espacio y la experiencia en corto, que vivifica y, al instante, desaparece por la incapacidad de retenerla.

¿Qué sentido tiene la vida sin recuerdos? ¿Qué sentido tiene haber vivido para olvidarlo todo? ¿En qué se convierte la vida en la desmemoria? Desde la perspectiva de quienes vivimos desde el recuerdo: ninguna, aparentemente. Nosotros, los que recordamos, lo que fuimos y somos: perdidos. Vivir, lograr, crear, ¿para qué?: para volver a la confusión primigenia de la mente en entrenamiento. Crecer, disfrutar, viajar, acumular y derrochar. El placer, el dolor. El haber construido hogares, inculcado valores: todo reducido a un balbuceo incapaz de conectar con el mundo de los otros. El mundo reducido a la más completa subjetividad: la inefabilidad de quien ya no encuentra en el mundo el asidero del pasado.

Abrir los ojos y desconocerlo todo, a todos. Lo terrible de perderlo todo. Imaginen: despertar en su propia habitación pero ser incapaces de nombrar la lámpara, la sábana, a la pareja. Imaginen: buscar y no encontrarse en el espejo; perder la memoria de sí mismos. Imaginen: olvidar nuestros propios rostros y encontrarlos ajenos en los espejos, en los reflejos distorsionados de las cucharas. Perderlo todo. Y no haber hecho nada, en realidad, nada, para merecerlo.

La verdadera desmemoria es la masacre. La puesta a prueba de la fe, de dios mismo.

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