Tabula rasa

Los desmemoriados, IV, y una historia

Lo interesante radica en la transformación: la reconstrucción: del punto en que nos quedamos hace años hasta ahora...

I

Basta un detonante mínimo (un impulso sensible casual, en el que muchas veces ni reparamos) para reventar y desdoblar la virtud de la memoria. Un color, un sonido lejano que evoca un recuerdo que viene atado a otro y ese a otro y a otro y a otro. El desdoblamiento fractal de la memoria: de un punto ínfimo crece un árbol de ramificaciones intrincadísimas, complicadas asociaciones que es difícil seguir y reproducir. Línea de canción-Fiesta-Personas-Odio-Película. Recorridos que de arbitrarios no tienen nada.

II

Me encuentro con este amigo. Años sin verlo, sin saber de él. Sólo a través de otros me llegaban difusas noticias de su paradero, de su estatus. Trabaja acá. Ya se casó. Lo veo más flaco. Cosas por el estilo: las nimiedades a las que reducimos a las personas que en algún momento fueron indispensables para nosotros. La aparente importancia del amor y la amistad reducida a pequeños reportes de estado fríos, objetivos e impersonales, como los del clima. Nos citamos en un café y me alegra verlo. Platicamos, catch-up: nos actualizamos a ese nivel que uno puede lograr en el perfil de la red: ahora trabajo acá, estudio allá, me tatué, ya soy padre, ya no tomo, hago ejercicio. Estados actuales. Lo interesante radica en la transformación: la reconstrucción: del punto en que nos quedamos hace años hasta ahora: ¿cómo terminamos acá?, ¿qué tuvo que pasar para que de eso que éramos termináramos en esto que somos? El recuerdo mutuo de nuestros tempranos veintes (y aunque lo parezca, el paso del tiempo y su huella perra en la memoria no es cosa exclusiva de viejos: si pudiera, el vigoroso, full-o-hope morro de once, doce, añoraría el feliz momento en que no iba a la escuela y vivía pegado al seno de su madre). Hacemos memoria de la locura y el ruido que acompañan el ímpetu atroz de querer crecer y construir la vida con lo que no siempre está al alcance. Sueños que no reparan en la necesidad imperdonable de talento y disciplina. Éramos jóvenes promesas y ahora no somos más que adultos contemporáneos, jóvenes maduros cuyos tatuajes los alejan del promedio, pero nada más. Nada del brillo especial que resplandecía con el nacimiento del milenio. No supimos ser la generación de la nueva era, caray. No dimos lo necesario para ponerle nuestros nombres en letras oro a la pinche vida. Asistimos a un pasado divertido por turbulento. Por ruidoso y ajetreado. En perspectiva pudimos acabar peor, creo. Historias de cárcel, muerte y pinchazos mal aplicados rodean a nuestros contemporáneos. Pocas historias de éxito, de familias felices frente a la chimenea. Not for us. La memoria aquilata el presente. Hemos vivido la vida que nos ha tocado, a pesar de todo. Sorbo del tarro lleno de shake de limón con avena y pienso en todas las historias que se rompieron, los sueños que se oxidaron. Recordamos a las chicas que ayer deseamos: las perfecciones juveniles que nos rechazaron y reparamos en lo jodido de su presente, en sus cuerpos destrozados por embarazos no deseados, sus sonrisas limpísimas borradas a golpe limpio y alcohólico. Su altivez de hace diez años, tanta arrogancia… Recordamos esos viajes que bien pudieron costarnos todo. La feliz sensación de invencibilidad. La puesta a prueba de nuestros límites. Los juegos con nuestra mente. Puro derroche neuronal. Fue mucho daño, harta falta de juicio. Mucha bastardez. Autosabotaje. Puro arriesgue. Vivíamos en una curva infinita, y lo peor es que no sabíamos si íbamos vueltos madre o tan lento que todo perdía sentido. Nunca lo sabremos. Traemos nombres, imágenes y sonidos al presente. En el recuerdo somos más piadosos con aquellos que odiábamos: no nos alegran sus desgracias. En nuestra memoria todas las cuentas están saldadas: no hay cabos sueltos. Eso creemos. Eso queremos. Él pide otro café y me enseña las fotos de su hijo. No le digo que son idénticos. Sonrío. Yo le muestro imágenes de mi novia, mis perros y mis libros. Lo poco que tengo. Un día te despiertas, dice, y de pronto quieres ser otra persona, hacer otra persona. Y ya. La edad reduce la furia…

La edad reduce la furia.

Apenas pasa los treinta. Hablamos como ancianos. En cierto modo lo somos.

Vivimos muy rápido.

Rush. Polvo y humo.

Así es esto.

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