Tabula rasa

Los descreídos

I

Hay que pensar en qué jodido momento nos volvimos tan vulnerables, tan pocacosa, tan insignificantes como para aceptar tanto sinsentido que vino a aturdirnos y meternos el miedo, el absurdo, la incomprensión total y abarcadora que nos limita y flanquea por todos lados convirtiéndonos en mimos apresados en diminutas cajas de cristal. Están los valientes, iniciados en el gran misterio de la desaparición, que se atrevieron y en el pinchazo revelador perdieron o ganaron todo: nunca lo sabremos.

II

El pacto secreto e invisible (pero no por ello inexistente) entre la promesa divina y el comportamiento terrenal nunca garantizó más que la continuación de la pobreza y la injusticia, del prejuicio y el denuesto. La necesidad de creer se fincó en la ausencia: en la promesa del futuro ideal: la postergación del placer. Al pactar, aceptamos, irremediablemente, el fin del placer, la negación de nuestros cuerpos y nuestras mentes. Nos negamos esperando reafirmarnos en la desaparición pactada con la divinidad, en la muerte amable y retribuyente. Y hay que aceptar, además, que esa muerte está premeditada, delimitada por el pacto divino, y que la retribución no incluye los placeres que esperamos o deseamos: resulta que siempre son de otra índole, ajenos totalmente a nuestra comprensión: es necesario el ritual iniciático de la muerte para comprenderlos. Y no hay marcha atrás, resulta.

III

Hay un sabor amargo en las cosas que pensábamos justas

y se desdoran con la comprensión lógica del suceso divino. Iniciación parecida a la de la desaparición, el desencanto, el desengaño, pone a prueba nuestros actos en el mundo, y más: nuestra creencia acerca del mismo. Fincado sobre pilares de lodo, el mundo creado por la divinidad, se deshace ante la comprensión y racionalización: no hay fuerza de fe que pueda reconstruirlo, reedificarlo en sus mismos términos. La revelación de la injusticia del mundo que generan los pactos divinos lo destruye eternamente. Es tarea del descreído volverle a dar sentido, uno propio, a partir de la experiencia iniciática del descubrimiento de la injusticia.

IV

Es posible seguir pensando que la justicia vendrá después: desplazarla hasta el momento incomprensible del más allá, y que alguien, superior en todos los sentidos, se encargará de ejercerla implacablemente a partir de su omnisciencia. Pero esa característica de los pactos divinos nos lleva a la inacción ante la injusticia y, peor: a su aceptación. La injusticia existe como un estado de tensión entre quienes la promueven y quienes la permiten, y en la fórmula perfecta de nuestras sociedades ambas partes han pactado el castigo iniciático con sus divinidades. El pensamiento divino, al desplazar el castigo del injusto a una entidad superior, al hacer exclusiva su sanción para una mano única y creadora, la perpetúa y alimenta. La injusticia (y sus consecuencias atroces e inhumanas) es inherente al pacto divino, su consecuencia-origen dual y cíclica.

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