Tabula rasa

El derecho de los muertos, segunda parte

VII

Podemos seguir pensando que la justicia vendrá después: desplazarla hasta el momento incomprensible del más allá, y que alguien, superior en todos los sentidos, se encargará de ejercerla implacablemente a partir de su omnisciencia y omnipotencia. Podemos seguir creyendo que toda esa gente va a pagar cuando muera. Pero sabemos que sus muertes no serán igual de atroces, igual de injustas. ¿En qué momento permitimos que esto pasara? ¿En qué momento un joven puede ser asesinado por decir lo que piensa? Tenemos muy poca memoria. Muy pocas ganas de hacer algo.

VIII

Cuando dicen su nombre no puedo evitar pensar en lo poco que sabemos más allá de la tragedia. Magdaleno Rubén Lauro Villegas. El Magda. Tlatzala. En La Montaña. 19. Es tranquilo, el compa. No hay televisión en su casa. Familia campesina. Enseñar a los niños que no hablan español. Pura esperanza. ¿Se sigue hablando de ellos en presente, como si un nombre bastara? ¿Habrá sentido una punzada en el pecho, algún estilo de premonición, al ver el sol esa mañana? “Magdaleno, hoy cambiarás la historia de este país”. ¿Habrá sentido, pues, el llamado de su destino? Dicen que su madre anda siempre con una de sus fotos, tiene la esperanza de que alguien lo reconozca. Quiere escuchar, en la calle: “He visto a tu hijo, está vivo. No ha podido llamarte porque está muy ocupado, pero piensa en ti cuando se levanta y toma café”. ¿Está vivo? Su familia esperaba una respuesta del presidente. Uno no ve al presidente nomás para escuchar lo mismo que se anda repitiendo en las calles. Nadie sabe nada. ¿Está muerto?, ¿qué vamos a enterrar de él, nomás su nombre? Su familia evoca casos similares: en Guerrero, en los 70, tuvieron a gente encerrada en cárceles clandestinas por más de ocho años, y cuando todos los daban por muertos, aparecieron. La tristeza y la esperanza. Puede ser. Pero ni una ni otra ofrecen una certeza absoluta, ¿para dónde arrimarse? Donde sea que se encuentre, Magdaleno sabe que la crueldad no tiene límites. ¿Habrá visto el rostro de sus verdugos, o, cobardes, le vendaron los ojos? ¿Podrá ver el sol desde donde lo tienen encerrado? ¿Habrá sentido crecer las llamas? Un nombre que no puede ser arrojado al fuego. 19 años, ¿en serio? Un chingo de disparos y puras palabras de escudo. No tiren, no somos narcos. ¿Qué le gritó Magdaleno a los policías, esa noche? Ya basta, no hemos hecho nada. ¿Por qué nos hacen esto? ¿Cuántas balas, cuántas palabras? Cuánta sangre vio correr antes de llegar a donde está ahora. Su padre dice que no quería conocer al presidente. Sigue preguntando por el hijo. ¿Cuánto les pagaron a los policías que los entregaron?, ¿qué se compró el que encendió la hoguera? ¿Se fueron de putas o les compraron zapatos a sus niños? ¿Ambas? ¿Por eso están en paz? El Jefe, el Mero Mero, ¿qué sabe de lumbres y de lágrimas? Ya basta, somos estudiantes, dijo Magdaleno, yo no soy una bala en mi cabeza, yo no soy el fuego que sale de mi cuerpo. Yo no soy el que buscan. No soy este dolor, no soy mis compañeros, no soy narco, no soy Magdaleno. No somos malos. No somos el futuro de este país, no somos ceniza y sangre seca en la tierra. No somos estas calaveras que se deshacen entre alambres y basura. No somos estas palabras que no sirven para nada. No somos nada. No sabemos ya ni quiénes somos. Oficial, ¿me diría su nombre antes de matarnos?, ¿me dejaría pronunciarlo antes de que dispare? No tenemos armas. Somos estudiantes. Soy Magdaleno Rubén Lauro Villegas, de la montaña, y no soy estos huesos, no soy esta ceniza. Lo dice ahora.

@jalfvalba2