Tabula rasa

Cuatro composiciones para comprender lo incomprensible

Existe la posibilidad de que cualquier ejercicio de experimentación pueda ser considerado “música”. Lo sabemos. Lo sufrimos con cada “nuevo” disco de Thom Yorke. El carácter críptico de ciertas obras “experimentales” parece ser autojustificante. Pero no. No basta creerse experimental para serlo, ni declararlo abiertamente para elevar, cualquier cosa que se haga, al pedestal del arte incomprendido. Leonard Bernstein hablaba de un carácter de seriedad en la experimentación musical del siglo XX y de un compromiso estético con la tradición. Así, ante lo vilipendiado del término experimental, les ofrezco una pequeña introducción a cuatro obras que, desde una profunda reflexión estética, volcaron los paradigmas de lo que, mal, llamamos música “culta”, construyendo la paradójica tradición experimental de la música del siglo XX.

1. Pithoprakta. Iannis Xenakis. Se trata de una obra construida mediante un complejo algoritmo matemático. La constituyen 46 diferentes partes para cuerdas que son tocadas simultáneamente. Todos los sonidos que se escuchan son producidos por instrumentos de cuerda, excepto por un trombón y un xilófono que participan mínimamente en la ejecución. Los sonidos “extraños” ya se habían escuchado y propuesto en obras del XIX (golpear la parte trasera de los instrumentos, por ejemplo), pero nunca habían constituido el “centro” de una composición. El resultado es, estéticamente, parecido a una improvisación (lo que pone en entredicho el concepto de “compositor”), que nos deja una impresión de ruptura del tiempo e inmovilidad.

2. Antiphony 1. Henry Brant. En esta obra, la orquesta está divida y distribuida espacialmente en cinco partes distintas. Cada una toca como una orquesta independiente, separada, con tonos y tempos distintos, lo cual lleva a repensar y replantear los conceptos de estilo y técnica de composición. La orquesta se distribuye espacialmente, lo cual se conoce como “espacialización”, técnica utilizada, sobre todo, en la edición e ingeniería de audio (naciente en los 60). El resultado es una obra, de facto, irrepetible e inregistrable, ya que está basada en la experiencia delasistente a la sala de conciertos, quien queda, literalmente, envuelto por el sonido que emana de distintos puntos y pisos del recinto. Henry Brant es, de algún modo, el gran maestro de la música espacial. Su técnica polifónica y poliestilística no tenía precedente, logró poner al escucha en el centro de la plasticidad tanto de la composición como de la orquesta ejecutante.

3. Atlas Eclipticalis. John Cage. Cage ya había sorprendido al mundo con su 4’33’’, para piano, dividida en tres movimientos, sin una sola nota. Atlas Eclipticalis se compuso poniendo hojas pautadas transparentes sobre el famoso mapa estelar, homónimo de la obra, publicado en 1958 por Antonin Becvár. Así, el pentagrama transparente se convirtió en una partitura cuyas notas son las estrellas que, sin premeditación alguna, se encuentran y cruzan con las líneas paralelas. Los valores y duraciones de cada nota fueron determinados por el brillo y tamaño de las estrellas. En esta obra, al igual que muchas compuestas durante la segunda mitad del siglo XX, el peso del intérprete en el proceso creativo es capital, desplazando la noción y figura del compositor. Cage además, dejó abierta la posibilidad de que cada instrumento fuera conectado a un micrófono: un director de sonido mezcla en vivo la ejecución, de manera que, de acuerdo a su instinto, ciertos instrumentos se escuchan más que otros sin que el intérprete lo sepa. La composición prescinde del director, de manera que la duración está determinada por una máquina que marca automáticamente su inicio y final.

4. Threnody for the victims of Hiroshima. Krzysztof Penderecki. El treno es una composición de la lírica griega arcaica, se trata de un lamento fúnebre destinado a ser ejecutado por un coro con acompañamiento musical. Penderecki es, junto a Arvo Pärt, uno de los compositores más importantes de la actualidad, gracias a la conciliación entre tradición y vanguardia: el minimalismo propio de la segunda mitad del siglo XX y la música sacra canónica. El treno a las víctimas de Hiroshima es una composición para 52 instrumentos de cuerda frotada. La ejecución deja una impresión a la vez solemne y catastrófica. La intención de Penderecki es dejar en claro su creencia de que el sacrificio de Hiroshima nunca será olvidado. El compositor utiliza la hipertonalidad para romper con el efecto clásico del cromatismo. La pieza crea una masa de sonido basada en clústeres, que consisten en tres o cuatro notas contiguas tocadas al mismo tiempo. La importancia conceptual de esta obra radica en su evidente dramatismo, amén de haber sido considerada radicalmente experimental al momento de su estreno en 1960.

Escuchen, pues.

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