Tabula rasa

El carajo

I

Una luz nos impactó, de frente, mientras cruzábamos la calle. Yo digo que fue un carro. Él, más seguro, afirma que fue un balazo. No recordamos bien a bien: sólo el golpe y algo que brotaba desde dentro y luego este amplio cuarto sin ventanas del cual ignoramos la naturaleza de su iluminación, porque el techo está tan alto que se pierde en una bruma amarillenta. Un carro, pienso, porque fue una luz que de pronto cayó sobre nosotros. Pero él dice que la luz vino como un rayo, vibrando en ondas desde el final de la calle, y que nos atravesó sin desviarse ni un poco. Dice que vio la luz entrar en mí como una espada. Como una espada, repito y pienso que él debe ser filósofo. Le pregunto. No recuerda bien. Sólo recuerdo la luz y las esquirlas de carne que produjo el golpe; y la palabra Preludio, que parece ser mi favorita. Nada más. Lo miro y no sé si creerle porque yo sí recuerdo mi nombre y esos hongos que como escamas blancas crecen en la corteza del árbol que está justo frente a la entrada del edifico donde vivo. Una luz que lo inundó todo y se convirtió en este cuarto, le digo. Imposible, responde. En su voz tiembla una certeza absoluta. Imposible. Empiezo a creer que él vio algo que yo no. Soy distraído, ustedes lo saben. Un balazo. Puede ser. ¿Cuál es mi palabra favorita?

II

Dicen que fue un asalto: que un vato armado entró en una zapatería y la chica de ahí gritó cuando aquél le dijo que si no le daba el dinero la mataba, que nada le importaba, que acababa de salir de la jaula y esas cosas que repiten como letanía los asaltantes para presumir sangre fría. El guardia del asilo, que está junto al negocio en cuestión, llegó y frustró el robo, pero a cambio recibió un balazo. Sangre y más gritos. Ya se imaginarán. Patrullas y sirenas calle arriba. Un operativo con todo y policías deslizándose cuerda abajo desde un helicóptero. Fuerzas especiales con pasamontañas por la ciudad. Más patrullas. Total, que hieren al asaltante. Pero no sabemos por qué cayó muerto allá, en el extremo opuesto de la avenida: lo suficientemente lejos como para que sospechemos que algo nos ocultan los que contaron la historia. Una chica asustada, un seguridad privada muerto y un asaltante balaceado al otro lado de la ciudad. Amenaza de huracán, de pronto. Cancelan oficialmente actividades. Esperamos la catástrofe: tapiamos ventanas y atrancamos puertas. Compramos víveres y agua embotellada. Vamos a la cama con el terror del cielo que ya empieza a rugir. Ojalá, decimos mientras nos cobijamos. Amanece: tan claro que el Pico de Orizaba se mira desde la ventana. Los periódicos anuncian al asaltante abatido sin dar explicaciones de cómo llegó, con un balazo en la barriga, desde aquí hasta allá. Y el huracán, hasta mañana.

III

El tablero reproduce inexactamente un planisferio. Colocamos piezas que simulan ejércitos y bromeamos mientras tiramos los dados para apropiarnos de territorios y continentes: Rusia es capaz de resistir un ataque de veinte tropas con un solo soldado, mientras América Central (México ahí, claro) se rinde fácil ante la invasión del Norte. Nadie se fija en los africanos hasta que hacen falta recursos. Dados negros contra rojos, el empate siempre favorece a la defensa. ¿Qué posibilidad hay de que tres dados caigan simultáneamente en la cara con un solo punto? Nunca he ganado, a pesar de que el juego es mío. En la vida real eso no pasa.

IV

Tuve esta maestra, artista. La clase: Teoría de la creatividad y procesos creativos. Interesante, a pesar del nombre. Un día llegó alterada y nos pidió que bajáramos la cabeza sobre la mesa: Es que me andan molestando mis amigos Extraterrenos, dijo en un tono tan serio que no hicimos más que obedecer. Les tengo que pedir que se vayan, pero ustedes no pueden ver, así que, por favor, bajen la cabeza o voltéense hacia la ventana. Aseguraba que hay seres Intraterrenos y Extraterrenos. Que no son exactamente extraterrestres, pero casi tan listos como ellos. ¿Y los conoce usted, pues? Claro. ¿Podría presentármelos? Posiblemente. A la siguiente semana, llegó con una bolsa llena de lo que parecían ser piedras. Muchachos, platiqué con mis amigos y me dieron permiso de enseñarles esto, dijo mientras acomodaba la bolsa sobre su escritorio. Son unas piedras que no hay en la Tierra, y cuando les acercas el oído, te percatas de que pulsan en una frecuencia muy particular. Ayudan a sanar enfermedades. Miren, y metió la mano a la bolsa y se quedó quieta, fría. Salió del salón con la bolsa en los brazos. Regresó llorando. Perdón, dijo, estoy perdida, ¿verdad que no vieron ni escucharon nada?, ¿verdad que no les enseñé nada?, díganles, por favor.

V

La locura total, pues.

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