Tabula rasa

El amor y La Falsedad

I

No hay amor que haya cambiado al mundo.

Ni lo habrá.

Nadie de ustedes tiene razones para creer que su amor es especial, único y eterno. Que tiene la capacidad de transformar el mundo, de hacer brillar el sol y más amables los días terribles. No. No hay nada de especial ni en ustedes, ni en sus objetos de amor, ni en sus sentimientos. Nada que pueda mover montañas ni detener el universo.

Me refiero, claro, al amor que no tiene una justificación genética. Los griegos ya sabían de este amor que sólo existe en la carencia que, una vez saciada, se suaviza y desaparece. Sólo amamos lo que deseamos, lo que por momentos resulta inalcanzable. El amor, en todo caso, no puede ser eterno. No puede vivir más allá del deseo, del impulso que lo acerca a lo sublime y a la locura.

II

El amor nos transforma, sí, pero en términos del otro. Por eso es la traición más grande, la única por autoinfligida. No importa, en este caso, la “sublime” finalidad del acto amoroso, ni su aparente intención reveladora de la verdad: el amor nos define en el otro y ahí radica su mentira  e incongruencia. No hay amor que no tuerza nuestro espíritu hacia un derrotero ajeno a su naturaleza, que no intente mutarnos en pos de una sana convivencia, del círculo perfecto, del idilio meloso de la vida en pareja. No hay amor que no sea cárcel: dictadura que impone sus reglas mediante la extorsión sentimental. La aparente estabilidad que experimentan los iniciados en sus misterios no es otra cosa más que la ilusión de la jaula de oro, el reflejo de un espejo que sólo arroja la imagen que más le conviene. Los iniciados lo defenderán a capa y espada porque creen /saben/ que esa imagen es La Verdadera, que eso que son en el amor es la revelación más auténtica de su existencia: encuentran justificado el cambio y, en realidad, son ciegos a él; no se dan cuenta que algo que los definía ha desaparecido, y que algo del amado ahora forma parte de ellos, destruyendo su identidad en la colectividad de quienes, aparentemente, sienten lo mismo.

III

El amor nos civiliza porque nos han enseñado que sólo surge, verdaderamente, en la regla moral, en la ausencia de desvíos. El amor anómalo es sencillamente inexistente en nuestra educación sentimental: no existe fuera de los límites impuestos por los guardianes de lo bueno y lo correcto. Aún nos cuesta entender sus violencias y excentricidades: su inefabilidad, la incapacidad de hacer con él una sensible copia fiel, le otorga la ilusa autenticidad que convierte, falsamente, en autoridad a todo aquel que lo experimenta, reduciendo a mentira o falsedad la experiencia ajena. La unicidad de la revelación amorosa lo hace imposible a la vista, imposible fuera de la experiencia personal. De ahí que todo amor, salvo el único que experimentamos, sea falso e inexistente: ¿quiénes son ustedes para hablar del amor si no lo han experimentado como yo?: la falacia más cruel e ilusa que se procuran los amorosos.

IV

El amor reduce la tormenta del espíritu a las furias del deseo, a la realización propia en el otro. Es el engaño de la satisfacción personal y mezquina, el pacto secreto que implica el reducirnos a la biología más elemental.

V

No hay amor que haya trasformado el mundo. Ni el bíblico: no fue el amor de dios, sino el odio lo que llevó a Jesús a la cruz, lo que partió el tiempo. La sublime entrega del vástago al odio, si se quiere. Pero no el amor. Ése no da para tanto porque sólo busca procurarse su bienestar, a pesar de todo. De la traición, incluso.

http://twitter.com/@jalfvalba2